Andalucía, siglo XVI. Un jornalero de diecisiete años pierde a su padre a manos de los esbirros de un marqués y responde con una venganza que lo condena al monte.
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Andalucía, siglo XVI. Un jornalero de diecisiete años pierde a su padre a manos de los esbirros de un marqués y responde con una venganza que lo condena al monte. Allí, convertido en proscrito, encuentra a una mujer a la que llaman bruja y que carga con su propia cuenta de sangre. Juntos —y con dos gitanos fugitivos— empiezan a plantar cara a las cuadrillas de la Santa Hermandad en una novela de bandoleros donde el amor y la violencia crecen del mismo tronco.
En una noche de San Juan, con Sierra Morena dormida bajo la luna, un muchacho de diecisiete años vigila desde lo alto el cortijo donde se celebra una fiesta de alguaciles, regidores y nobles. Lleva dos días sin comer y un mes con la espalda marcada por veinte azotes recibidos en público. Baja cuando se apagan las luces. Lo que ocurre esa madrugada —una hoz, una pistola de pedernal y una mirada horrorizada en lo alto de la escalera— parte su vida en dos: Alonso Castillo deja de ser el hijo de un hombre que vareaba olivos ajenos y se convierte en un proscrito buscado en toda Andalucía.
La novela reconstruye el origen de ese destino con precisión: un cortejo prohibido con Beatriz, la hija del marqués de Sanlúcar; el aviso paterno de que a los señores no se les distrae la heredera impunemente; dos embozados esperando en el portal; una hoz lanzada en defensa propia y un disparo a bocajarro que deja al padre muerto en la calle y al hijo bajo la vara del Cabildo. La justicia, aquí, no es un poder neutral: es un servicio que se paga y que redacta después el relato de los hechos.
Un año más tarde, ya con dieciocho, Alonso sobrevive en una cabaña de pastores al norte de Montoro, entre cepos, huertos visitados de noche y bandos que lo describen mal. Es entonces cuando la puerta aparece entreabierta más de la cuenta y dentro lo espera Juana Marín, una joven de Chiclana que conoce su nombre sin haberlo visto nunca. La llaman bruja porque ve lo que no debería ver; la persiguen porque degolló al Corregidor de Cádiz, el hombre poderoso que durante meses la sacó de casa de su padre para forzarla. El relato que ella hace de aquello, sereno y sin adorno, es uno de los núcleos duros del libro: el ajuste de cuentas de una mujer que no tuvo ninguna otra forma de justicia a su alcance.
De ese encuentro nacen a la vez un amor devorado con urgencia y una cuadrilla. A Alonso y Juana se les suman Dionisio y Rebeca, dos gitanos —«egipcianos», en la lengua de la época— con sus propias deudas pendientes con la Santa Hermandad, armados con un arcabuz de dos cañones y una colección de facas. Frente a ellos, Federico Mendoza, coordinador de dieciséis cuadrillas, recibe de un Asistente furioso una orden sin matices: traer a la bruja viva o muerta, y a sus amigos con ella.
El primer choque llega en el camino de Cerro Muriano, en la oscuridad previa al alba, con los cuatro fugitivos emboscados a ambos lados del sendero y las mangas verdes desfilando al trote sin sospechar nada. La emboscada sale casi como estaba planeada; el «casi» es lo que abre la siguiente batalla.
Ambientada en el convulso verano de 1516 —muerto Fernando el Católico, Cisneros en la regencia, Carlos I asumiendo títulos entre recelos de la nobleza—, la obra usa un tiempo sin autoridad firme como escenario natural del bandolerismo. La prosa se apoya en el detalle material de la época (calzas, coletos, pistolas de rueda y de miguelete, maravedís y cuartos, notas al pie que explican qué era un marrano o por qué se llamaba mangas verdes a la Hermandad) y alterna el castellano narrativo con el habla andaluza de los diálogos. Encabezada por coplas de Tragabuches, El Tempranillo, Pasos Largos y Diego Corriente, se inscribe de forma explícita en la tradición literaria del bandolero andaluz: el hombre al que la ley expulsa y que, desde la sierra, decide quién manda de verdad en ella.