Un corzo recién nacido descubre el bosque paso a paso: la voz de su madre, los senderos ocultos entre la maleza, el deslumbramiento del prado abierto y las primeras señales de que el mundo también encierra peligro.
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Un corzo recién nacido descubre el bosque paso a paso: la voz de su madre, los senderos ocultos entre la maleza, el deslumbramiento del prado abierto y las primeras señales de que el mundo también encierra peligro.
La obra arranca en un rincón escondido de la espesura, apenas lo bastante amplio para una madre y su cría. Allí nace un corcino de pelaje rojizo con motas blancas que, tambaleante y aturdido, es lavado y nombrado por su madre: Bambi. El relato adopta desde ese primer instante la escala del recién llegado, y todo lo que ocurre después se mide por lo que él alcanza a percibir, entender o apenas intuir.
El bosque se presenta como una comunidad ruidosa y parlante. Una urraca se acerca a comentar el parto y a comparar, con vanidad locuaz, las fatigas de criar polluelos frente a la facilidad con que un cérvido se sostiene sobre las patas al nacer. Mirlos, pinzones, herrerillos, grajos, faisanes y cornejas llenan el aire de voces que Bambi todavía no distingue. Su educación consiste, en buena medida, en aprender a nombrar: preguntar sin descanso y escuchar las respuestas de su madre, que a veces son completas, a veces deliberadamente parciales, y que en ambos casos lo dejan satisfecho.
Esas conversaciones dibujan poco a poco un mapa moral. Los senderos angostos pertenecen a «nosotros, los corzos». Un turón caza un ratón ante sus ojos y le impone el primer sobresalto de terror; la madre esquiva la explicación pero le asegura que ellos no matan a nadie, ni se pelean por la comida, ni se enfadan entre sí. Dos grajos disputan a gritos un nido usurpado y le dejan una palabra que no comprende: infamia. La violencia existe en el bosque, pero se le muestra antes de que pueda ser explicada.
El episodio central de estos primeros capítulos es la salida al prado. La madre la prepara con una solemnidad casi ritual: irá delante, él esperará sin perderla de vista y, si ella vuelve corriendo, deberá huir sin detenerse pase lo que pase, aunque la vea caer. Superada la prueba, el prado se revela como puro júbilo: el cielo entero, el sol sin filtrar por las copas, la hierba que zumba bajo las patas, una carrera de persecución con la madre y el descubrimiento de las mariposas, que Bambi toma por flores que han aprendido a volar. Sus primeras conversaciones con un saltamontes malhumorado y una mariposa coqueta son cómicas y algo desconcertantes: el mundo ajeno tiene sus propias urgencias y su propia vanidad.
La contrapartida llega enseguida. De vuelta en el refugio, Bambi pide volver al prado y su madre se niega con un espanto que él no sabe leer: al prado solo se va al amanecer, al anochecer o de noche; en pleno día se corre peligro. Ella prefiere hablarle de las hojas secas del año anterior, que crujen bajo cualquier pie y avisan de quien se acerca, y de los grajos y urracas que montan guardia. El peligro queda sin nombre, aplazado para cuando sea mayor, y esa reticencia es lo que más lo inquieta. Una visita posterior al prado le presenta a la liebre, cortés, modesta y algo temerosa, que lo saluda como a un futuro príncipe.
El volumen se abre con un aparato editorial que acompaña la lectura: un vocabulario que aclara los nombres de árboles, arbustos y aves del bosque centroeuropeo, y precisa la diferencia entre corzo, ciervo y alce que otras traducciones han confundido; y un prólogo de John Galsworthy que celebra la observación emotiva del autor y la verdad interior de unas criaturas que hablan sin dejar de sentir como animales. El texto se atribuye a Felix Salten, seudónimo de Siegmund Salzmann.