Relato íntimo de los orígenes de una mujer cuyo nombre le fue arrebatado, quien narra la destrucción de su mundo en la infancia. Nacida en Olgossa, Darfur, en una aldea pacífica donde crecía entre el amor incondicional de su madre, su vida…
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Relato íntimo de los orígenes de una mujer cuyo nombre le fue arrebatado, quien narra la destrucción de su mundo en la infancia. Nacida en Olgossa, Darfur, en una aldea pacífica donde crecía entre el amor incondicional de su madre, su vida cambió para siempre cuando los esclavistas llegaron al galope. A través de la memoria fragmentada de quien sobrevivió, se despliega la belleza prístina de una infancia perdida y el momento brutal en que fue convertida en esclava, un viaje que define la fortaleza y la resistencia de quien se niega a ser olvidada.
Esta es la historia de una mujer que desconoce su propio nombre. Multilingüe, portadora de fragmentos de árabe, turco, italiano y dialectos sudaneses, habla un galimatías que el mundo apenas comprende. Sin embargo, lo que no pudo serle arrebatado fue quién fue en su infancia: la pequeña que vivía en Olgossa, un pueblo de Darfur donde el tiempo se medía por las sombras de los árboles y la vida transcurría en ciclos de paz y abundancia.
Nacida hacia 1869, gemela de una hermana idéntica cuya presencia sintió siempre, aunque estuvieran separadas, la narradora creció bajo el cuidado de una madre hermosa, fértil y amorosa, cuyos brazos siempre sostenían a varios hijos. Su padre, hermano del jefe del poblado, las presentó a la luna para protegerlas, como si la luna fuera testigo de sus nombres verdaderos. Jugaba a la sombra del baobab, inventaba historias para los niños, temía las serpientes dibujadas en la arena por su hermano mayor, y se sentaba en la rodilla de su padre escuchando cómo su voz hacía vibrar su piel.
Todo cambió una tarde cuando llegó la violencia. Los secuestradores llegaron al galope con fuego, fusiles y cadenas, arrasando el poblado, asesinando a los ancianos, mutilando a los niños, robando a los jóvenes para venderlos como esclavos. Su hermana mayor, Kishmet, desapareció ese día. La pequeña quedó sola en medio de las llamas, llamando a una madre que no podía oírla, mientras los muros se derrumbaban y el humo ahogaba los gritos. El poblado de Olgossa, que antes era un paraíso de inocencia, se convirtió en un infierno de dolor y desgracia.
Los años posteriores fueron de miedo permanente. Su madre se transformó en una mujer ansiosa, que prohibía alejarse, que desconfiaba incluso de los vecinos. La pequeña creció sabiendo que más allá de las colinas sus seres queridos se habían convertido en esclavos, una palabra que aprendió sin comprender completamente, pero que representaba la ausencia total, el fin de todo.
A los siete años, mientras recogía hierba con su amiga Sira, dos hombres de un pueblo cercano —quizás ellos mismos convertidos en esclavistas por la desesperación— la capturaron. Así comenzó su propio viaje hacia la esclavitud, su transformación de niña libre y alegre en posesión, su pérdida de identidad.
Este relato de memoria fragmentada es un testimonio de supervivencia. La narradora recuperó su historia contándola una y otra vez a los que la escuchaban, y aunque jamás recordó el nombre que su padre gritó a la luna, nunca olvidó quién fue como niña, guardando esa imagen como un tesoro intacto: la pequeña que debería haber perecido en la esclavitud, pero que sobrevivió.