Un veterano de la Gran Guerra reconvertido en traficante recorre los bajos fondos de una ciudad imperial donde la ley se compra por monedas de cobre.
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Un veterano de la Gran Guerra reconvertido en traficante recorre los bajos fondos de una ciudad imperial donde la ley se compra por monedas de cobre. Cuando tropieza en un callejón con el cadáver de una niña desaparecida días atrás, el hallazgo lo devuelve al mundo del que fue expulsado: el de los agentes de la Corona, sus antiguos compañeros. Novela negra ambientada en un escenario de fantasía sombría, narrada en primera persona por un hombre que insiste en que ya no resuelve crímenes.
El narrador se hace llamar el Guardián y vive en un cuarto miserable sobre una taberna, El Conde del Paso Inseguro, de la que es copropietario junto a Adolphus, un antiguo piquero tuerto que repite su agravio de guerra como quien reza. Aprendió a dormir con un ojo abierto en los campos de batalla de Apres e Ives, y de aquellos años le quedan las cicatrices, un medio ocre mensual que nunca compensa nada y una dependencia creciente del aliento de hada, la droga que le calma los nervios y le afila la vista. Su jornada tiene la rutina de cualquier oficio: pasar por la oficina de aduanas a recoger documentación falsa, servir género a chulos, taberneros y comerciantes, cobrar deudas, cumplir con la etiqueta del negocio.
Esa rutina se rompe una noche cualquiera. Atajando por un callejón para llegar a tiempo a una cita, encuentra el cuerpo de la Pequeña Tara, la hija de un estibador desaparecida tres días antes y convertida entretanto en causa común del barrio: recompensas del gremio de pescadores, misas, unas horas de diligencia insólita por parte de la guardia. El cadáver está frío, torturado y despide un olor químico que no es el de la descomposición. El protagonista despacha su mercancía con un pilluelo antes de avisar a las autoridades, porque sabe que un crimen así atraerá a la gélida —los agentes de la Corona, uniformados de gris hielo y con el ojo de la Corona al cuello— y que alguien podría tener la mala idea de considerarlo sospechoso.
El agente que aparece es Crispin, con quien lo unen cinco años de historia y una ruptura que ninguno de los dos quiere nombrar en voz alta. El reencuentro es tenso y breve: una advertencia de que no actúe por su cuenta, una respuesta que suena a coartada y una pista —el olor extraño— entregada casi de mala gana. Después el narrador vuelve a lo suyo, que esa misma noche incluye recordarle a un traficante rival dónde está la frontera entre sus territorios, en una escena de violencia fría que revela hasta qué punto la droga y el trabajo han ido borrando en él la línea entre el control y el impulso.
La obra combina la estructura y el tono del género negro clásico —narrador desengañado, humor seco, ciudad como personaje— con un trasfondo de fantasía en el que conviven adivinos al servicio de la ley, dioses invocados en las maldiciones cotidianas y un imperio recién salido de una guerra que enriqueció a los de siempre. Su interés está menos en el enigma que en el retrato: la parte baja de la ciudad vista por alguien que la conoce demasiado bien para idealizarla y que, pese a repetir que ya no es agente, no consigue apartar la vista del cuerpo de esa niña.