Una caja de cervezas anunciada por WhatsApp basta para desordenar tres años de trato cortés: Alejandra celebra el grado de Liliana, la cardióloga que atendió a su madre, y la caravana, la lluvia y el tequila cambian el idioma entre ambas.
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Una caja de cervezas anunciada por WhatsApp basta para desordenar tres años de trato cortés: Alejandra celebra el grado de Liliana, la cardióloga que atendió a su madre, y la caravana, la lluvia y el tequila cambian el idioma entre ambas. Después llegan el silencio, los gestos esquivos y un viaje imprevisto al llano para conocer a un recién nacido. Relato erótico venezolano de voces alternadas, contado entre la ternura, el deseo y una despedida ya fechada.
Primera semana de diciembre. Alejandra manda por WhatsApp la foto de un regalo que no admite negativas: licor para celebrar el grado de Liliana, la médica que durante casi tres años acompañó a su madre después de un infarto. La respuesta tarda, es tibia y ambigua, y ese titubeo describe con precisión lo que hay entre las dos: miradas que se entienden, cafés compartidos por la tarde, una atracción que ninguna nombra y que Alejandra nunca se atrevió a forzar por miedo a perder a la doctora de su madre.
La caravana de graduación —autos, música a todo volumen, aguacero y botellas que no se acaban— disuelve esa prudencia. De vuelta en el departamento, un juego con tequila, sal y limón borra la distancia, y a la mañana siguiente ambas fingen que el alcohol pertenece a un universo paralelo. Lo que sigue es una coreografía de acercamientos y retiradas: una cena de agradecimiento que organiza la madre, un beso detenido dentro de un ascensor, un enojo que nadie explica, unas reparaciones eléctricas en el ala de cardiología que funcionan a la vez como refugio y coartada.
El aviso del parto de la hermana de Liliana rompe el punto muerto. Con las carreteras cerradas por derrumbes, Alejandra se ofrece a llevarla hasta el llano, y el viaje —tequeños, lluvia cerrada, un motel de paso, una sola habitación disponible— las obliga a convivir sin excusas. En casa de los Castillo, entre asados, miao, dominó y un padre que ya las da por pareja, la ficción ajena empieza a pesar más que la verdad de cada una. La reaparición del ex de Liliana, y la violencia que asoma en él, precipita aquello que ninguna quería decir en voz alta.
El relato alterna las voces de las dos protagonistas: cada tramo firma quién mira y quién calla, de modo que el lector conoce antes que ellas los malentendidos que las separan. Sobre todo pesa un reloj implacable: cuando Liliana reciba el título, se irá de la ciudad. Esa fecha convierte cada gesto en apuesta y cada silencio en pérdida posible. El resultado es un romance lésbico de registro coloquial y humor seco, muy anclado en la comida, la familia y el habla venezolanas, que trata el deseo con franqueza explícita —la propia obra lo advierte de entrada al lector— sin renunciar a la ternura ni al retrato de dos mujeres que no saben cómo pedir lo que quieren.
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