Veinte años después de que su padre se esfumara dentro de un túnel del Metro de Caracas, un estudiante de treinta años sale a buscar no al hombre, sino el hueco que dejó.
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Veinte años después de que su padre se esfumara dentro de un túnel del Metro de Caracas, un estudiante de treinta años sale a buscar no al hombre, sino el hueco que dejó. La persecución de un mendigo por la ciudad lo lleva hasta un hotel en ruinas cuyos sótanos descienden hacia otro mundo.
La noche de un terremoto, Sebastián C., recién nacido, baja en brazos de su padre las escaleras oscuras de un hospital. Ese miedo prestado será el primer relato de su vida. El segundo llega doce años después, en 1979: su padre —inmigrante llegado a Venezuela en los años cuarenta, hombre dedicado a extraer muestras del subsuelo de Caracas para el Ministerio de Obras Públicas— entra a la perforación de un viejo túnel del Metro y no vuelve a salir. Dos renglones en la prensa, un comunicado del Colegio de Ingenieros, una investigación archivada a los pocos meses. Hampa, accidente, deudas, suicidio: ninguna hipótesis explica nada. Al año siguiente, la madre lo entierra sin cuerpo en un cementerio a las afueras de la ciudad.
Dos décadas más tarde, en diciembre de 1999, el narrador decide seguirle los pasos. No con la ilusión de encontrarlo —nunca la tuvo—, sino de recorrer el mismo camino, de buscar el vacío antes que al hombre. Todavía estudia, sin ganas, con una chaqueta de cuero heredada y las manos metidas en los bolsillos rotos; se imagina filmado por Coppola mientras deambula por las calles. Una mañana cualquiera, sentado en las escaleras de la panadería La Perla junto a Gloria —una muchacha del interior, rubia, de pantalones inolvidables y devoción por Serrat, con quien no comparte ni un solo disco—, aparece el hombre al que todos llaman el chino loco: un mendigo lentísimo, envuelto en un saco mugriento, cargado de bultos y bolsas negras. Gloria insiste en que no es chino. El narrador nota, sin saber todavía por qué, que le recuerda a alguien.
Seguirlo los arrastra media ciudad: la avenida Libertador entre microbuses humeantes, las callecitas de Maripérez, la Sinagoga, el Nuevo Circo, y al fondo el rumor constante de los taladros que abren túneles para la futura línea del Metro. El recorrido termina en un edificio de tres plantas casi en ruinas, sin ventanas ni identificación, que el narrador decide llamar hotel Teresa. Allí gobierna Atkinson, una trinitaria enorme y frontal que fuma en la penumbra junto a la jaula de su rata y que sentencia, sin ceremonia, que ese lugar no es para vivir sino para morir. Por unos dólares acepta hacer de guía: pasillos húmedos, escaleras de yeso, subniveles construidos sobre túneles antiguos, voces guturales tras las puertas, presencias que se esconden al ver la luz de una linterna. En el último sótano vive Mawari, el mendigo. Cuando por fin se asoma tras la reja, el narrador reconoce en su cara redonda y sus rasgos indígenas el rostro exacto de su padre.
Novela de duelo sin cadáver y descenso literal, este relato avanza por una Caracas caótica y subterránea donde la ciudad visible se sostiene sobre otra hecha de galerías, filtraciones y gente que nadie cuenta. Su narrador sabe que contar una historia es un trabajo imposible, y que solo se siente la necesidad de buscar algo cuando ya ha desaparecido del todo. Entre el humor seco de dos estudiantes discutiendo tonterías en unas escaleras y el horror sereno de lo que encuentran abajo, la búsqueda de un padre se convierte en una exploración de todo lo que una ciudad se traga y no devuelve.