Memorias de un himalayista navarro que empezó a escalar ochomiles a los 22 años y firmó más de veinte expediciones como guía de montaña, cámara de altura y alpinista de élite.
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Memorias de un himalayista navarro que empezó a escalar ochomiles a los 22 años y firmó más de veinte expediciones como guía de montaña, cámara de altura y alpinista de élite. El libro recorre esa vida elegida —de una tarde de otoño en el valle de Belagua a las paredes de granito de Yosemite y las cumbres del Himalaya— con una voz directa, socarrona y sin adornos. Un prólogo firmado por un amigo periodista sitúa el relato tras la muerte del autor en mayo de 2008.
Iñaki Ochoa de Olza dejó este libro terminado antes de morir en el Annapurna, en mayo de 2008, y en él cabe entero: el niño de diez años que sube al monte Lakartxela con su padre y aprende dos lecciones que le durarán la vida —arriba conviene fiarse del instinto; abajo, aceptar lo que ya no se puede cambiar— y el montañero que convirtió aquella tarde en un oficio y en una manera de estar en el mundo.
El propio autor abre con un aviso a navegantes: no habrá tonos grises ni explicaciones razonables. Lo que sigue es una autobiografía escrita sin atender al juicio ajeno, con la mezcla de ternura y sarcasmo de quien se reconoce algo cobarde y aun así vuelve una y otra vez a la altura.
Los capítulos iniciales llevan al verano de 1988 en Yosemite: cuatro amigos, veinte kilos de equipaje por cabeza, seiscientos dólares para dos meses, noches durmiendo a la intemperie, encontronazos con los rangers, nombres falsos en el registro del camping y un Oldsmobile sin papeles rumbo a Oregón. Entre la anécdota asoma el aprendizaje: la humillación de no saber escalar fisuras, una vía repetida hasta lograrla, El Capitán por The Nose, el Half Dome con vivac helado y un cumpleaños cantado a gritos a tres mil metros.
De ahí el relato se abre al Himalaya: más de veinte expediciones, temporadas como guía comercial o cámara de altura, patrocinios de cuatro pesetas y viajes pagados con los ahorros, una oposición testaruda al oxígeno embotellado y la convicción de que las montañas son solo la más hermosa de las excusas. El autor eligió cerrar en la cumbre del K2 de 2004: un punto y seguido antes que un final.
Completa el volumen el prólogo de un periodista amigo, que recuerda la primera entrevista de 1997, las crónicas que bajaban del campo base en manos de un runner hasta llegar a un fax, y la última llamada desde el campo V. Queda un testimonio sobre la amistad, la libertad y los sueños que se guardan en un cajón esperando su oportunidad.
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