Jackie McMullen regresa a la isla donde creció con su hijo de diez años a cuestas y un duelo que no sabe cómo nombrar. Su marido, bombero en Nueva York, murió rescatando a desconocidos, y Charlie se apaga día a día.
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Jackie McMullen regresa a la isla donde creció con su hijo de diez años a cuestas y un duelo que no sabe cómo nombrar. Su marido, bombero en Nueva York, murió rescatando a desconocidos, y Charlie se apaga día a día. La casa de su madre, Annie —efusiva, exagerada, incapaz de callar—, los espera con la comida hecha y el aire salado de un verano largo. Dos voces, dos formas de querer y una familia que intenta recomponerse.
Hay pérdidas que se explican en una frase y otras que no caben en ninguna. Jimmy McMullen, bombero de Nueva York, murió al derrumbarse bajo sus pies un edificio del Lower East Side mientras intentaba sacar de allí a un puñado de desconocidos. Su viuda, Jackie, enfermera militar con tres despliegues en Afganistán a la espalda, ha visto morir a demasiada gente y sabe distinguir el miedo del desconsuelo: lo suyo, ahora, es desconsuelo puro. Pero lo que de verdad la asusta es su hijo Charlie, diez años, que ha dejado de comer, de dormir y de subirse al monopatín, y que sueña con edificios en llamas y con quedarse solo en el mundo.
Cuando la tía Maureen pone nombre a lo evidente —esto es una depresión— y la visita del abuelo alivia apenas unos días, Jackie enfila la Interestatal 95 hacia el sur con el niño dormido en el asiento contiguo. El destino es la isla de su infancia, frente a Charleston: casas de madera con porche, mecedoras, hamacas para las tardes de bochorno, una biblioteca dedicada a Edgar Allan Poe y el rumor de los piratas que un día surcaron esas aguas.
Allí espera Annie Britt, su madre, que ha fregado, cocinado, comprado tebeos y estirado sábanas de encaje para demostrar un cariño que no sabe decir de otro modo. Annie es todo lo que a Jackie la saca de quicio: teatral, mandona, dueña de una casa gobernada por normas y de un matrimonio congelado desde hace once años, cuando su marido se fue a pescar y nunca terminó de volver. Madre e hija se quieren con esa lealtad áspera que solo existe entre quienes se conocen demasiado.
El relato avanza alternando ambas voces, y ese contrapunto es su mayor hallazgo: cada capítulo corrige al anterior, y lo que en boca de una parece invasión, en boca de la otra es puro cuidado. Con humor doméstico, oído fino para el habla del sur y un fondo de duelo que nunca se abarata, es una historia sobre reparar lo roto entre generaciones: sobre lo que un verano, una isla y una cocina que huele a mantequilla pueden hacer por un niño triste y por los adultos que lo rodean.
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