Un historiador sirio se propone explicar de dónde salió realmente el Estado Islámico. Partiendo de la propaganda audiovisual que aterró al mundo a mediados de la década de 2010, este ensayo retrocede casi catorce siglos para reconstruir la…
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Un historiador sirio se propone explicar de dónde salió realmente el Estado Islámico. Partiendo de la propaganda audiovisual que aterró al mundo a mediados de la década de 2010, este ensayo retrocede casi catorce siglos para reconstruir la genealogía de una idea: el califato. Con entrevistas de primera mano, testimonios de habitantes de zonas ocupadas y una lectura atenta de las fuentes clásicas, Sami Moubayed traza la línea que une a los primeros califas, a Ibn Taymiya y al wahabismo con los combatientes que en 2014 proclamaron un Estado a orillas del Éufrates.
El libro arranca donde arranca también la percepción occidental del fenómeno: en un vídeo. Una playa libia, veintiún rehenes de rodillas, un verdugo que habla a cámara con acento extranjero y promete conquistar Roma. La imagen dio la vuelta al mundo, pero el autor sostiene que explicó muy poco. Detrás de la coreografía del horror hay un proyecto político con siglos de sedimento doctrinal, y ese sedimento es el verdadero objeto de estas páginas.
La primera parte del recorrido es genealógica. El autor reconstruye qué significa exactamente el título de califa, quién puede aspirar a él y por qué el linaje importa tanto: de ahí la insistencia del líder del grupo en añadir a su nombre las filiaciones que lo vinculan a la tribu del Profeta. Desde la sucesión de 632 y los cuatro primeros califas hasta el traslado de la capital a Damasco por los Omeya, la ruptura de Kerbala y el desplazamiento posterior del centro de gravedad hacia Bagdad, El Cairo y Estambul, el relato muestra que la disputa por la herencia del Profeta nunca fue solo teológica: fue siempre una pelea por el poder, resuelta con frecuencia a sangre.
El segundo hilo es el de las ideas que hicieron posible la versión contemporánea del proyecto. Ibn Taymiya, formado en la Damasco mameluca bajo la sombra del saqueo mongol de Bagdad, interpretó la catástrofe como castigo divino por el abandono de la práctica de los primeros musulmanes, y de ahí extrajo un programa: retorno a los orígenes, hostilidad hacia todo lo que considerase innovación o idolatría, yihad como deber y Estado gobernado por un califa. Cinco siglos después, la alianza entre un predicador y un jefe tribal del desierto arábigo convirtió ese programa en poder territorial, y el petróleo del siglo XX lo convirtió en exportación cultural a escala global: mezquitas, escuelas, becas y bibliotecas repartidas de Bosnia a Malasia. El autor documenta esa red de financiación y difusión sin caer en la simplificación de atribuir a un solo Estado la autoría del yihadismo contemporáneo; lo que describe es un terreno abonado, no una conspiración.
El tercer hilo es el hueco. En 1924, un presidente laico abolió con cuatro palabras el último califato oficial, y con él una autoridad simbólica que había durado siglos. Ese vacío generó aspirantes, movimientos efímeros en la India y en Damasco, candidatos con árboles genealógicos convenientes, y una nostalgia que atravesó el siglo XX hasta reaparecer, transformada en programa armado, en el desorden de Irak después de 2003 y de Siria después de 2011. El libro repasa las hipótesis que circularon sobre el origen del grupo — antiguos militares reciclados, consecuencia de la no intervención estadounidense, instrumento de una u otra potencia regional — sin cerrar en falso un debate que, admite el autor, tardará años en resolverse.
La voz que sostiene todo esto es reconocible y está declarada desde el prefacio. Es la de un historiador especializado en la Siria anterior al baazismo que se ve obligado a escribir sobre la Siria posterior, sabiendo que ni el país de los años cincuenta ni el de las décadas siguientes volverán. Esa mezcla de rigor documental y duelo personal es lo que distingue el libro de la literatura de urgencia sobre el tema: en lugar de una lectura moral en blanco y negro, propone algo más incómodo y más útil, entender la lógica interna de un proyecto para poder calibrar cuánto puede durar.
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