Sophia Lindgren ha peleado durante cinco años por dejar de ser un engranaje anónimo en la mayor redacción de informativos de Suecia, y por fin tiene el ascenso al alcance de la mano: la corresponsalía en El Cairo.
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Sophia Lindgren ha peleado durante cinco años por dejar de ser un engranaje anónimo en la mayor redacción de informativos de Suecia, y por fin tiene el ascenso al alcance de la mano: la corresponsalía en El Cairo. Ha alquilado su piso de Estocolmo, ha empezado a saborear el éxito y ha decidido qué cámara se llevará con ella. Entonces, a treinta segundos de entrar en directo frente a la residencia del primer ministro, abre un correo electrónico y descubre que el puesto es de otro. Bajo la lluvia, con la luz roja encendida y un millón de espectadores al otro lado, se queda muda. Una novela sobre la ambición, el precio de guardar las apariencias y lo que queda de una persona cuando el plan que sostenía su vida se desmorona en directo.
La historia arranca por el final de una caída: una periodista de televisión apoyada contra un muro del Palacio Sager, en Estocolmo, respirando hondo bajo un aguacero de marzo, repitiéndose una pregunta que no sabe contestar. A su lado, su cámara monta el equipo para el informativo de la tarde. Faltan minutos para el directo y, en algún lugar del teléfono de Sophia Lindgren, hay un correo electrónico que acaba de anular todo lo que ella daba por hecho.
Desde ahí, el relato retrocede veinticuatro horas y reconstruye la vida que estaba a punto de cambiar. Sophia trabaja en la redacción del principal programa de noticias del país, un búnker sin ventanas iluminado por veinte pantallas donde los márgenes se miden en segundos y donde ella se ha ganado, por fin, un sitio. Su punto de inflexión fue una exclusiva incómoda sobre un cargo de partido, y desde entonces sus jefes le han dejado entrever que la corresponsalía en El Cairo, con todo Oriente Medio por delante, es suya. Tan convencida está que ha puesto su apartamento en alquiler antes de tener nada firmado.
En paralelo corre otra historia, más callada. Sophia salió hace medio año de un matrimonio que la fue apagando: Viktor era brillante, próspero y profundamente tradicional, y esperaba que ella renunciara a su trabajo cuando llegaran los hijos. El divorcio la liberó, pero también la dejó viviendo entre cajas sin abrir, esquivando llamadas, comiendo comida para llevar frente a comedias románticas que dice detestar. Su vínculo más sólido es el que mantiene con Fatima, la cámara con la que comparte turnos, sarcasmo y una lealtad que ninguna de las dos nombra en voz alta; después, su abuela y su padre, la familia breve que le quedó tras la muerte temprana de su madre.
Cuando el correo llega —a destiempo, impersonal, con otro nombre en el puesto—, Sophia entra en directo de todos modos. Lo que ocurre entonces frente a la cámara, contado primero desde su vértigo y después desde los ojos de Fatima, se convierte en el verdadero comienzo del libro: un derrumbe público, retransmitido a todo el país, que deja a la protagonista sin la carrera que había construido, sin la casa que ya había alquilado y sin el relato con el que se explicaba a sí misma.
Escrita con pulso de sala de redacción y una mirada atenta a lo que no se dice, la novela alterna el ritmo del periodismo diario —cuentas atrás, balances de blancos, jefes que aprietan— con el retrato íntimo de una mujer acostumbrada a sostener la compostura hasta que ya no puede. Es una historia sobre la ambición femenina y su coste, sobre el matrimonio como forma sutil de control, sobre la amistad que aparece cuando fallan todas las demás redes, y sobre esa frase que repite la abuela y que Sophia todavía no entiende: que el destino guía a quien lo acepta y arrastra a quien se resiste.
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