Laia tiene una novela sin terminar, una relación que solo se sostiene por costumbre y un sentimiento por su mejor amiga que no se atreve a nombrar.
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Laia tiene una novela sin terminar, una relación que solo se sostiene por costumbre y un sentimiento por su mejor amiga que no se atreve a nombrar. Con Raquel instalada en Londres desde hace medio año y Aura cada vez más presente en sus pensamientos, el equilibrio que sostenía su vida empieza a ceder. Una discusión, una noche larga en Madrid y una llamada urgente desde el restaurante que heredó de su abuela bastan para que todo lo aplazado le pase factura a la vez. Zaira J. Gullón firma una novela íntima sobre el precio de conformarse y sobre lo que cuesta, de verdad, ser valiente.
Hay vidas que no se rompen de golpe: se van deshaciendo por acumulación de decisiones no tomadas. La de Laia es una de ellas. Escribe —o eso dice— una novela que empezó hace años y nunca termina; comparte con Raquel una relación de cinco años que se sostiene a base de videollamadas de veinte minutos desde Londres, adonde su pareja se marchó a rodar una serie de la que no le habló hasta tener las maletas hechas; y guarda para sí un sentimiento que le crece por dentro y que se niega a mirar de frente, porque tiene nombre y ese nombre es el de Aura, su amiga.
Alrededor de Laia se ordena un mundo pequeño y reconocible: el Strambotic, el bar bohemio donde el grupo se reúne los jueves; Salva, que pregunta «¿todo bien?» hasta agotar la paciencia porque es su forma de estar; Laura, amiga desde los cinco años, la única que sabe leerle la mirada y la única dispuesta a decirle en voz alta lo que no quiere oír; y Rosa, la terapeuta que insiste en dos ideas incómodas: que dejarse ayudar también se aprende y que hay cargas que pesan menos cuando se reparten. Madrid es aquí mucho más que un decorado —las calles caminadas como bálsamo contra la ansiedad, la noche de Chueca, el Retiro de los recuerdos compartidos—, y funciona como el espejo donde la protagonista comprueba, una y otra vez, que el resto del mundo avanza mientras ella se ha quedado quieta.
Al otro lado del hilo está el pasado. En Cercedilla, entre la sierra nevada, sigue en pie «El pequeño rincón de Janice», el restaurante que su abuela le dejó al morir y que Juan, gerente y guardián leal del lugar, ha mantenido vivo durante ocho años con más entrega de la que Laia se atreve a reconocer que puso ella. Ese jardín, esas mesas de mantel burdeos, concentran la única felicidad que la protagonista recuerda sin reservas —y también el duelo del que salió por el camino más peligroso, una etapa que da por cerrada y que quienes la quieren no terminan de dar por superada. Cuando Juan la cita con urgencia un lunes, Laia intuye que el refugio que había dado por seguro tampoco lo es.
A partir de ahí, la novela se convierte en un ejercicio de honestidad progresiva. Laia empieza a nombrar lo que ha estado evitando: que nunca estuvo enamorada de Raquel, que se conformó por miedo, que un deseo que no se admite envenena todo lo que toca. Cerrar cajas, abrir un cuaderno, sostener una conversación que lleva meses aplazada; los gestos son mínimos y el pulso de la historia está en lo que cuestan.
Bajo el cielo de noviembre es una novela romántica contemporánea de voz en primera persona, narrada con una mezcla de humor seco, autoironía y ternura que aligera sin restarle peso al fondo. Habla de amistad como forma de familia elegida, de herencias emocionales, de salud mental sin dramatismo y del amor que llega desordenado y a destiempo. Y lo hace bajo la advertencia que Borges deja en el pórtico del libro: de todo lo que ocurre en la tierra, nadie se arrepiente de haber sido valiente.
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