En pleno horario pico de Manhattan, un documentalista argentino que llegó a Nueva York para rescatar una historia olvidada del boxeo cree ver, desde el asiento trasero de un taxi, a la mujer que lo dejó años atrás.
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En pleno horario pico de Manhattan, un documentalista argentino que llegó a Nueva York para rescatar una historia olvidada del boxeo cree ver, desde el asiento trasero de un taxi, a la mujer que lo dejó años atrás. Frena el viaje, baja a la calle y la sigue sin plan alguno hasta un desenlace que le desarma la versión que se contaba de sí mismo. Lo que sigue es una semana breve y densa en la que el trabajo y la obsesión compiten por el mismo hombre.
Juan Benavídez aterriza en Nueva York con un encargo profesional y una angustia bien administrada. Es documentalista: un trabajo suyo sobre un pescador de Mar del Plata trascendió más de lo que esperaba, y ahora viene a desenterrar la historia sepultada de un boxeador argentino que peleó en el Madison Square Garden hace décadas. Tiene menos de una semana, compromisos asumidos y una única puerta que necesita abrir para que el proyecto exista.
Nada de eso resiste el primer trayecto en taxi. En la intersección de la 34 y la Octava, sus ojos astigmáticos pero de memoria intachable reconocen una figura en la vereda: Mara. Benavídez detiene el auto, deja cien dólares sin mirar el cambio, cruza la calle entre los bocinazos y se convierte en un perseguidor pasivo, sin plan, sin frase preparada, arrastrado por una correa invisible mucho más tensa que la que Mara le lleva al perro. La ciudad, mientras tanto, hace lo que hace: la multitud lo esquiva con una cortesía perfecta, sin preguntarle nada, justo cuando más necesitaría que alguien lo tomara del codo. En un pulmón verde de la Sexta Avenida, agazapado y con el corazón galopando, ensaya la sorpresa fingida del reencuentro. Lo que ve en cambio es un traje gris impecable, un chico rubio dando pasos enclenques y un beso que llega como un puñal a la vista de todos.
De ahí en más la novela avanza en dos tiempos que se contaminan. En el presente, el hotel neoyorkino que sabe a Nueva York, una copa de vino en la barra, un ex marino mercante llamado Jerry —gorra de los Yankees, cuarenta y dos años dando vueltas al mundo, un puro que se consume lento— que lo interpela con un aire paternal que Benavídez no rechaza, y la disciplina de un oficio que exige salir a filmar aunque el ánimo esté en ruinas. Al día siguiente creerá cruzarse a Mara ocho o nueve veces; lo inquietante no es el error, sino que para él esa apuesta nunca fue improbable.
En el pasado, la reconstrucción del relato que Mara y él se fabricaron: el encuentro en una muestra de Yoko Ono sobre John Lennon en el Malba, el pie en falso en la escalera mecánica, el café posterior, y una palabra monosílaba escondida en un cuadro —ese “sí”— que convirtieron en objeto de culto y en prueba de que el destino los había elegido. El auto varado en las Altas Cumbres, el asalto del que salieron indemnes: capítulos de una mitología privada que sostenía la convicción de ser únicos, hasta que el final les reveló que cualquier otra palabra habría servido igual.
Con una prosa de frase larga y mirada de cámara —la ciudad vista en los chicles petrificados de la vereda, en los vasitos de tergopol de los que piden limosna, en los andamios de una ciudad que no termina nunca de construirse—, la novela examina el momento exacto en que un hombre elige la fantasía por sobre lo que tiene delante. Es un libro sobre el azar y las coartadas que le inventamos, sobre el trabajo como último asidero y sobre esa forma del duelo que consiste en seguir buscando pruebas de que la historia todavía no terminó.
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