Un pediatra en Vancouver desenvuelve un caramelo de menta y, con el aroma, regresa al último curso de instituto en Coria: la amistad, el primer amor callado y una casa antigua con sótanos que nadie quiere explicar.
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Un pediatra en Vancouver desenvuelve un caramelo de menta y, con el aroma, regresa al último curso de instituto en Coria: la amistad, el primer amor callado y una casa antigua con sótanos que nadie quiere explicar. Novela de iniciación sobre el peso de lo que se hereda y lo que se elige.
Basta un caramelo de menta olvidado por un paciente para que Tobías, ya médico en Vancouver, vuelva a los diecinueve años y a los pasillos del instituto Julián Zugasti. Allí empieza de verdad esta historia: en un aula donde un tutor agotado obliga a dos adolescentes a compartir pupitre contra su voluntad, y en una ciudad extremeña de glicinias, nieblas invernales y calles encerradas en una muralla romana.
Coria es un lugar pequeño donde todo se sabe y casi nada se dice. Tobías arrastra la memoria del niño torpe al que llamaban «lechuza» y la incomodidad de haberse convertido, casi de golpe, en alguien a quien todos miran. Vive entre las advertencias de un padre que teme para él la misma fábrica que lo ocupa a él, la paciencia de una madre que sostiene la casa y la sabiduría sin dramatismo de su abuela Leonor, cuyo caserón del casco antiguo guarda un escudo de la Inquisición en la fachada y unos sótanos que provocan en la familia un silencio demasiado firme para ser casual. A su lado están Álex, el amigo de siempre; Javier y Roberto, con sus deudas y sus noches de excesos; y Sergio, que estudia lejos, toca el violín y encarna un afecto que Tobías todavía no sabe nombrar en voz alta.
Frente a él se sienta Elena, recién llegada de Portugal, hija de médicos, ordenada donde él es caótico, reservada donde él es impulsivo. Lo que empieza como un rechazo mutuo y ruidoso se convierte en el eje de un curso en el que ambos deberán revisar sus certezas: sobre quiénes son, sobre lo que sienten y sobre cuánto de su vida les pertenece realmente.
Teresa Martín compone una novela de aprendizaje de registro sensorial y cotidiano, atenta a los olores —mandarina, manzana, menta, tierra mojada— como llaves de la memoria. Bajo la superficie de las tardes de videojuegos, las botellas escondidas en las mochilas y los primeros besos a escondidas late una pregunta más honda: la de la libertad de amar sin pedir permiso, la del secreto familiar que espera bajo tierra y la del adulto que, años después, sigue midiendo su vida con las coordenadas de aquel último curso.
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