Volumen que reúne el guion de «Bailar en la oscuridad», de Lars von Trier, precedido por una nota introductoria y por el manifiesto en que el propio autor fija las reglas del proyecto.
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Volumen que reúne el guion de «Bailar en la oscuridad», de Lars von Trier, precedido por una nota introductoria y por el manifiesto en que el propio autor fija las reglas del proyecto. En el centro está Selma Jezková, emigrada checa que trabaja en una fábrica de fregaderos de acero, cría sola a su hijo Gene y pierde la vista por una dolencia hereditaria mientras ahorra, horquilla a horquilla, el dinero de una operación que él ignora. Su refugio son las comedias musicales: cuando la realidad aprieta, el estruendo de las prensas se convierte en música y la escena se vuelve número. El libro permite leer a la vez la película soñada y la película escrita.
El libro se abre con una nota preliminar que propone una clave de lectura antes que un resumen: la de una tragedia sin villanos, donde la desgracia no nace de la maldad de nadie sino de un engranaje que se cierra sobre los personajes más honestos. Desde ahí, el texto traza también una lectura de resonancias bíblicas —la protagonista como justo perseguido, el policía como traidor sin codicia, la amiga como testigo que niega y sostiene— y sitúa la obra a medio camino entre el musical y la tragedia clásica.
El segundo bloque es el manifiesto de Von Trier, escrito en primera persona y organizado por materias: el personaje, la película, la música, la coreografía, las canciones y los decorados. Allí se enuncia el principio que gobierna todo el proyecto. Las escenas de la vida diaria deben ser lo más realistas posible —hiperrealismo en decorados y vestuario, nada de bailarines idénticos que aparecen de la nada—, porque esa realidad imperfecta es exactamente la materia prima con la que Selma fabrica sus números. La música ha de sonar artificial cuando cita al musical clásico y absolutamente real cuando proviene del mundo: manos, pies, máquinas, el crujido de un entarimado. El autor resume esa colisión entre tradición y naturaleza con una sola palabra, punk, entendida no como destrucción sino como celebración.
El tercer bloque, el más extenso, es el guion propiamente dicho. Selma ensaya el papel de María en una función de aficionados de «Sonrisas y lágrimas» junto a Kathy, a quien llama Cvalda, palabra checa que reserva para quien es completamente feliz. Memoriza en secreto el panel del oculista para conservar su puesto en la prensa; trabaja a destajo; prende horquillas en cartones durante las noches; esconde el dinero detrás de un panel de madera. A su alrededor se ordena un pequeño mundo: Gene, un hijo que protesta y pide una bicicleta; Jeff, un pretendiente paciente al que ella rechaza sin dejar de aceptarlo; Bill y Linda, los vecinos de la casa impecable donde nada es lo que parece.
La acción avanza por acumulación de gestos menores —una broma en una joyería, una sesión de cine narrada al oído, una caja de dulces regalada a escondidas— hasta la escena que sostiene todo lo demás: dos personas intercambiando, de noche y en voz baja, los secretos que no han contado a nadie. Él confiesa una ruina que oculta; ella, una ceguera que avanza. Ese pacto de confianza es también la mecha de la tragedia que la nota preliminar anticipa.
Leído en conjunto, el volumen funciona como un doble documento: la partitura de una película y la declaración de intenciones que la hizo posible. Interesa a quien quiera entender cómo se construye un musical que se niega a consolar, y a quien quiera ver de cerca el modo en que un cineasta convierte una poética en instrucciones de rodaje.
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