Un oso cambiaformas que huye del ruido de la ciudad, una maestra de preescolar que sostiene un pueblo entero con paciencia y dos empleos, y una niña de cuatro años decidida a que su primer día de clase salga perfecto.
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Un oso cambiaformas que huye del ruido de la ciudad, una maestra de preescolar que sostiene un pueblo entero con paciencia y dos empleos, y una niña de cuatro años decidida a que su primer día de clase salga perfecto. En «Bailando Descalzos», Zoe Chant sitúa en el diminuto Green Valley el encuentro entre Lee Montgomery, padre soltero recién llegado que restaura una casa vieja pieza por pieza, y Patricia, la maestra de su hija, a quien reconoce como su pareja destinada desde el primer apretón de manos. Lo que sigue no es una conquista fácil: entre la nieve, los chismes del restaurante local y una agente inmobiliaria empeñada en convertir el pueblo en un dormitorio de casas idénticas, ambos deben decidir si se atreven a nombrar lo que sienten. Romance paranormal cálido, de ritmo doméstico y humor cotidiano, sobre la clase de hogar que se elige.
Lee Montgomery se despierta a las cinco de la mañana porque su hija de cuatro años ya se ha vestido sola para su primer día de preescolar y solo le faltan los cordones. Es una escena mínima que define el tono de toda la novela: un hombre enorme, callado y algo hosco, cuya vida entera gira alrededor de una niña rubia y parlanchina, y cuyo oso interior gruñe opiniones desde algún rincón de su cabeza. Padre soltero y constructor, Lee ha llegado a Green Valley —trece mil habitantes, bosque a un paso de la puerta trasera— cansado de mudanzas y de ciudades, con una casa destartalada que planea devolver a la vida y la esperanza de que este sitio, por fin, funcione.
El plan se le desordena en la puerta del aula. La señorita Patricia no se parece en nada a la maestra que había imaginado: es alta, luminosa, se mueve entre los niños como quien conoce exactamente qué necesita cada uno, y cuando le tiende la mano Lee siente algo que siempre había considerado un cuento para consolar a la gente. Patricia, por su parte, se había preparado para un padre agobiado o a la defensiva y se encuentra con un hombre que le desarma la sensatez de la que tanto presume. Ambos se reconocen; ninguno se atreve a decirlo. Él no sabe cómo cortejar a una mujer que no busca nada de él; ella se recuerda que es la maestra de su hija, que el pueblo entero mira, y que no tiene demasiado que ofrecer a un hombre al que ya persiguen todas las madres del estacionamiento.
La novela avanza por el terreno de lo cotidiano, que es donde mejor respira. Lee empieza a cenar con Clara en el pequeño restaurante donde Patricia hace su segundo turno, y esas noches de pastel de pollo, té helado y brownies compartidos se convierten en un cortejo hecho de silencios, roces accidentales y conversaciones que él ensaya y ella esquiva. Alrededor se despliega un pueblo entero con voz propia: la clienta anciana que amenaza con dar su propio número de teléfono, el cocinero taciturno que lo ve todo, la compañera de trabajo que arranca a Patricia la promesa de no desperdiciar la oportunidad si llega, y los niños de la clase, retratados con una ternura sin azúcar añadida.
El conflicto no es solo íntimo. Harriette, agente inmobiliaria de tacones imposibles y encanto agresivo, persigue a Lee con la misma determinación con que compra granjas familiares para llenarlas de casitas idénticas; entre sus proyectos está el edificio de la escuela donde Patricia enseña. La amenaza que pesa sobre el pueblo y la que pesa sobre la vida que ambos protagonistas intentan construir terminan siendo la misma: algo antiguo y querido que alguien quiere demoler por conveniencia.
Cuando una tormenta de nieve cancela las clases y Patricia aparece en la puerta de Lee con Clara dormida sobre el hombro, la distancia cuidadosa que ambos habían mantenido deja de sostenerse. «Bailando Descalzos» es un romance paranormal de pueblo pequeño en clave cálida y contenida: sin grandes cataclismos, con humor de cocina y una idea muy concreta del amor como algo que se construye, se repara y se habita, igual que una casa vieja que aún vale la pena.
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