Una redactora publicitaria cubanoamericana de veintiocho años que carga con un nombre imposible —Bella— y con un cuerpo que no se parece en nada a él narra, con humor ácido, la mañana en que su vida corporativa empezó a desmoronarse:…
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Una redactora publicitaria cubanoamericana de veintiocho años que carga con un nombre imposible —Bella— y con un cuerpo que no se parece en nada a él narra, con humor ácido, la mañana en que su vida corporativa empezó a desmoronarse: pantalones rotos, un ascensor que la delata y una jefa dispuesta a exprimirla sin darle jamás el ascenso prometido.
B —así prefiere que la llamen, porque su nombre completo, Bella María Zavala, le suena a broma cruel— lleva toda la vida buscando una explicación satisfactoria a su cuerpo. Ha descartado las teorías del exceso, de la genética y de un terapeuta que le atribuyó su peso al miedo a la intimidad. Se queda con la versión más novelesca de todas: la de Inocencia, la niñera cubana recién llegada a Nueva York que, para hacerla comer, endulzó cada bocado de su primera infancia hasta arruinarle el metabolismo. Alrededor de esa mujer joven, temerosa de tiburones y de embarazos, la narradora construye una mitología familiar donde caben el exilio, la quiebra del negocio paterno, una red telefónica de cubanas intercambiando chismes y una madre demasiado ocupada despachando yuca en un almacén de Jersey City como para vigilar la avena.
De ese pasado la novela salta al presente: una agencia de publicidad de Manhattan donde la protagonista redacta eslóganes para pañuelos y tampones, hace desde hace tres años el trabajo de directora creativa sin el título ni el sueldo, y practica una obediencia extrema —vacaciones canceladas, almuerzos en el escritorio, ideas regaladas— con la esperanza de un ascenso que nunca llega. Frente a ella está Bonnie, jefa huesuda y despiadada, virtuosa de la política interna y del mérito ajeno; al lado, Lilian, la mejor amiga esbelta y encantadoramente insoportable; y en el margen, Dan Callahan, la única cita reciente, que terminó vomitando sobre una alfombra persa auténtica.
La historia arranca un 14 de abril, en una mañana de primavera que se descompone por etapas: un traje que aprieta más de lo debido, una alarma de sobrecarga en el ascensor, unos compañeros que no se agachan a recoger su tarjeta y una costura que cede en el peor momento posible. Con el trasero al aire y una montaña de informes en las manos, la narradora entra al despacho de su jefa a recibir la reprimenda de siempre.
Entre la crónica de humillaciones de oficina y la reflexión sobre el peso, la voz de B avanza hacia una idea sencilla y firme: hay desgracias mucho peores que la gordura, y la única variable que de verdad puede controlar es la felicidad. Reclamar la palabra que otros usan como insulto, decirla en voz alta y sin adornos, es el primer movimiento de esa reconquista. Lo que sigue es la historia de cómo aprende a hacerlo.