Tras la muerte de su madre, una joven de diecisiete años de Ciudad de Panamá encuentra una libreta de dibujos olvidada en una tienda de videojuegos.
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Tras la muerte de su madre, una joven de diecisiete años de Ciudad de Panamá encuentra una libreta de dibujos olvidada en una tienda de videojuegos. Al buscar a su dueño descubre que es el mismo chico de ojos azules que vio semanas antes en una parada de autobús. Una novela juvenil sobre el duelo, la amistad y un primer amor que empieza donde nadie lo esperaba.
«Azul», de Joel A. De Gracia, arranca con una despedida. Desde una habitación de hospital de paredes blancas, una mujer que sabe que le quedan minutos reúne fuerzas para hablar por última vez con su hija adolescente: le pide que sea el pilar de la casa, que sostenga a su padre y a su hermano pequeño, que no se rinda nunca. Ese prólogo, narrado por la propia madre, marca el tono de todo lo que viene después.
La historia se traslada entonces a Krystal, diecisiete años, último curso de secundaria, sentada en una banca frente al Pacífico horas después del sepelio. La ciudad de Panamá —el Causeway de Amador, las palmeras, el mar, el cielo teñido de sepia al atardecer— se convierte en el escenario donde intenta ordenar un dolor que no cabe en ella. A su lado aparece María, la amiga que vuelve de viaje para acompañarla, y en casa la esperan un padre que no sabe vivir sin su esposa, un hermano de cuatro años que pronto empezará a preguntar por mamá y una tía que reparte reproches con la mejor intención.
En paralelo, la novela cede la voz a Arnold, un chico de la misma edad que carga con su propio hueco: perdió a su padre hace dos años, su madre trabaja de más para sostener la casa y su hermano mayor se marchó y casi no vuelve a llamar. Popular en el colegio, rodeado de amigos y de una exnovia que se niega a aceptar el final, Arnold dibuja paisajes en una libreta negra como quien busca un lugar donde no llegue el ruido. Los dos capítulos iniciales de cada uno cuentan, sin saberlo, la misma tarde: la parada de autobús donde sus miradas se cruzan durante diez segundos y nada más.
El azar —o la libreta olvidada entre las consolas de una tienda— vuelve a juntarlos. Krystal la recoge, encuentra un nombre y un correo en la primera página, escribe para devolverla y acepta una cita en el área de restaurantes de un centro comercial. Lo que iba a ser una entrega de cinco minutos se convierte en dos horas de café, limonada y dibujos explicados uno por uno.
Con una estructura de capítulos alternos que reparte el relato entre las dos voces, la novela avanza por el terreno cotidiano del duelo adolescente: el regreso a clases, los compañeros que abrazan sin saber qué decir, el cuaderno rosa donde Krystal anota frases sobre seguir adelante, las escenas de celos, los mensajes que llegan al celular a deshora. Es una historia de primer amor construida sobre dos pérdidas, escrita en un registro íntimo y directo, con Panamá como paisaje constante y el azul de unos ojos —y del mar que los dos miran por separado— como hilo que los une.