Una pareja madrileña se descompone lentamente bajo el peso de lo que no se dice, y la novela reconstruye ese derrumbe alternando las dos voces que lo vivieron.
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Una pareja madrileña se descompone lentamente bajo el peso de lo que no se dice, y la novela reconstruye ese derrumbe alternando las dos voces que lo vivieron.
Azufre en el corazón, de Jorge Barraca Mairal, arranca con un diálogo compuesto únicamente de preguntas: dos personas que se interrogan sin responderse, hasta que una de ellas grita. Ese arranque funciona como declaración de intenciones de todo lo que sigue. Carlos y Aurora llevan poco más de tres años juntos y han llegado al punto en que la convivencia se sostiene sobre evasivas, silencios administrados y una sospecha que ya no se nombra pero organiza cada conversación.
El relato avanza en voces alternas. Carlos escribe desde un después no especificado y confiesa su reserva antes que sus hechos: sostiene que hay madurez en callar, que nadie entrega por completo su intimidad al entrar en una pareja, y admite a la vez que sus cuentas le salieron mal y que pagó por ellas intereses de usura. Va rodeando el asunto sin aterrizar en él, consciente de su propia elusión, y anuncia que solo cuando los hechos se descubran por sí mismos podrá dejar de ser vago. Aurora, abogada en la asesoría jurídica de un gran despacho, narra desde una calma posterior que ella misma no sabe si llamar bienestar. Describe sus días bajo una sensación difícil de clasificar —ni tristeza ni ansiedad, más bien un zumbido dodecafónico— y observa cómo la muralla se planta en medio de ambos con una parsimonia desquiciante.
Los episodios cotidianos hacen el trabajo del drama: la discusión sobre qué hacer en un puente de diciembre, la reserva al Castillo de la Mota que llega demasiado tarde para ilusionar, la cena fría en el microondas, las salidas intempestivas de Carlos y su repentina afición al tabaco en todas sus formas, las habitaciones separadas justificadas con excusas razonables. Hay también un sueño en el que todos los relojes de la casa se detienen en las siete mientras el de pulsera de Aurora sigue girando, y Carlos duerme sin despertarse por más que ella lo zarandee: una imagen que ella misma reconoce como demasiado transparente para necesitar interpretación.
La música atraviesa el libro como sistema de referencia. Aurora piensa su vida en compases y tonalidades cambiantes; Carlos se describe monótono como el rumor de las olas. Un largo pasaje cómico —una zarzuela mal contada que se enreda con óperas, cazadores, perros rabiosos y un hámster imposible— demuestra que el humor compartido todavía funciona entre ellos, y también que basta una frase para desactivarlo. La novela se organiza en tres partes, El pecado, El purgatorio y El dragón, y el descenso que anuncia esa arquitectura empuja a los protagonistas hacia decisiones que ninguno se habría creído capaz de tomar.
Barraca Mairal cambia de recursos narrativos igual que cambia la memoria: interrogatorio puro, confesión retrospectiva, diálogo doméstico, escena onírica. El resultado es un libro sobre el precio de la sinceridad y el precio de callar, que se lee con la incomodidad de reconocer conversaciones propias. Aurora lo formula mejor que nadie: esta es la partitura de un dúo, y hasta que no se escucha también la otra voz, la obra no se reconoce.
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