Crónica coral de un solo día —el 27 de octubre— en una modesta casa de vecinos madrileña, la de Calle Nueva número 5. A través de sus inquilinos, desde el fontanero Carlos Granda hasta la portera sorda y su gato, la Luisa y su marido…
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Crónica coral de un solo día —el 27 de octubre— en una modesta casa de vecinos madrileña, la de Calle Nueva número 5. A través de sus inquilinos, desde el fontanero Carlos Granda hasta la portera sorda y su gato, la Luisa y su marido mutilado de guerra, el matrimonio que se pelea por un flautín o la anciana que castiga a su santo de devoción, la obra construye un friso costumbrista de la posguerra española, entre la ternura, el humor y un fondo de estrechez y esperpento.
La novela se abre con unas palabras de presentación en las que la voz narradora reivindica, frente a la mirada trágica o puramente deformante del esperpento valleinclanesco, una mirada compasiva capaz de encontrar, incluso en la estrechez y la penuria, «una sonrisa bondadosa, un guiño cordial». Ese propósito se despliega después en el relato de una sola jornada, la del 27 de octubre, vivida por los vecinos de un edificio sin pretensiones, el número 5 de la Calle Nueva.
La acción arranca de noche, con dos ayudantes de fontanería, Paco el Viejo y Carapicada, robando trozos de tubería de plomo en un derribo para llevarlos al taller de Carlos José Federico Romero y Pérez de la Granda, fontanero venido a menos que ha simplificado su nombre y su blasón familiar en un rótulo que solo dice «Fontanería». A partir de ahí, el amanecer va despertando a los inquilinos de la casa: doña Leonor, anciana devota que acaba de liberar a su San Antonio de Padua de siete días de castigo en la carbonera por no atender sus ruegos; don Faustino, viejo militar que despierta a todo el vecindario con una arenga diaria desde su ventana; don Clodio y doña Rosa, matrimonio enzarzado en una disputa cotidiana en torno al flautín que el marido no deja de tocar; la Luisa, madre trabajadora que plancha, friega y cría a sus cuatro hijos junto a su marido, mutilado de ambos brazos en la guerra, al que llaman cariñosamente «el Jefe»; Felisa la Sorda, portera casada con uno de los ladrones de tuberías, y su gato Regaliz; los huéspedes y dueñas de la pensión de la Condesa; y los enigmáticos tres señores de negro del primero derecha, de quienes nadie sabe nada y a quienes todos temen un poco.
Entre visitas de fontanería, pequeñas estafas, reconciliaciones domésticas, juegos infantiles y rutinas de trabajo, el relato teje un retrato colectivo de la vida urbana de posguerra, hecho de privaciones, solidaridad, comicidad y ternura, donde cada personaje, por menor que parezca, aporta un fragmento necesario del cuadro general de ese «ayer» que da título a la obra.
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