En una ciudad donde los muertos solo descansan si alguien paga por su protección, una extranjera armada, una aprendiza que teme no despertar nunca su Don y un profesor de anatomía que necesita cadáveres frescos avanzan hacia un mismo…
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En una ciudad donde los muertos solo descansan si alguien paga por su protección, una extranjera armada, una aprendiza que teme no despertar nunca su Don y un profesor de anatomía que necesita cadáveres frescos avanzan hacia un mismo secreto guardado bajo llave.
Phadag-Llungan es una ciudad de polvo pardo, sol implacable y ritos comprados al peso: plañideras a sueldo, barrenderas que retiran flores marchitas y protecciones grabadas en la piedra para que los zamuris no desentierren a los difuntos. Quien no puede pagarlas termina siendo alimento. En ese cementerio sin caminos ni orden, entre calaveras que despuntan de la maleza, una mujer rubia y extranjera —a la que llaman impúdica, y de la que se murmura todo salvo lo cierto— acude cada ocho jornadas a una tumba que le costó dos monedas de oro proteger. La acompaña un niño de mente lenta al que enseña un juego de nombres: repetir el falso, callar el verdadero. Bajo la ternura áspera de esa rutina late una culpa que ella no nombra y un pasado junto al mar, en una tierra de casas blancas y acantilados, del que solo conserva un puñado de arena en una caja.
A muchas leguas de allí, en Avacornis, la hija del director de una escuela de sanación arrastra otra condena. Es el último año que podrá presentarse, y su Don no despierta. Su padre, arruinado por el licor y por una guerra librada contra su propio hermano, quiere casarla y verla dejar los estudios; los alumnos ya apuestan sobre quién ocupará la dirección cuando él muera y cuánto sobrevivirá ella en el barrio de los Durmientes. El día de la Ofrenda, entre filas interminables de ganado, mendigos y burócratas, un encargo humillante la deja fuera de la plaza al anochecer, cuando las campanas de la Torre Blanca anuncian que las criaturas de la noche ya han despertado y ella no lleva encima ni un solo símbolo que brille.
En la escuela, mientras tanto, el profesor de anatomía cultiva su propio experimento: una criatura enjaulada, sometida por protecciones, que podría adoptar cualquier forma si alguien aflojara el collar. Necesita cadáveres, paga a un porteador que no siempre los trae muertos y presiona al director para que ceda la llave que lleva quince inviernos clavándose en su pecho. Bajo esa llave hay un prisionero, un nombre prohibido y una confesión que el viejo lleva media vida esperando arrancar. En una taberna de ventanas tapiadas, donde se venden mercenarios, esclavos y sustancias, un hombre de piel oscura que responde a un apodo de ave nocturna rompe la nariz de un matón y se encuentra con alguien de su pasado. Los tres hilos —la tumba, la escuela y la taberna— comparten un nombre que nadie debería pronunciar.
Narrada en presente, con frases cortas y una crudeza física que no ahorra el hedor, el hambre ni la violencia, esta es una fantasía oscura sobre castas, fe administrada y la aritmética brutal de una sociedad donde la dignidad —incluso la de los muertos— tiene precio en cobre.