En un París de fin de siglo poblado de cafés, hipódromos y restaurantes de lujo, un poeta bohemio encuentra una moneda de oro en el barro del arroyo y, con ella, la ilusión de una vida entera.
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En un París de fin de siglo poblado de cafés, hipódromos y restaurantes de lujo, un poeta bohemio encuentra una moneda de oro en el barro del arroyo y, con ella, la ilusión de una vida entera. Al mismo tiempo, un lord inglés célebre por su nariz descubre que el enrojecimiento que lo enorgullece coincide con el primer y único enamoramiento de su madurez. Dos delirios paralelos —el de la fortuna y el del amor— abren esta novela de aventuras satírica, escrita con humor mundano y una mirada burlona sobre las vanidades europeas.
Juan Patteslongues es un poeta ilustre y desconocido: vive en las alturas de Montmartre, tiene los bolsillos rotos, y su única relación con el dinero ha sido contemplar los escaparates de los cambistas hasta que un guardia lo confundió con un ladrón. Una noche, bajando hacia los boulevares con la cabeza cargada de pensamientos tristísimos, encuentra un luis de oro medio hundido en el barro. Veinte francos. Bastan para que la ciudad entera cambie de forma ante sus ojos: se ve dueño de un palco en la Ópera, aclamado como millonario, comprador del Louvre y del Bosque de Bolonia. Antes de gastar nada, sin embargo, hay que resolver un problema práctico: dónde esconder el tesoro. La respuesta es el forro de su sombrero abollado, y con la fortuna cosida sobre la cabeza el poeta emprende un recorrido alucinado por la Plaza de la Ópera, el café de la Paz y el menú iluminado del Gran Hotel, leyendo cada plato como si fuera un verso.
Esa deriva gastronómica despierta el recuerdo de la única noche cara de su vida: unos jóvenes españoles elegantísimos lo adoptaron por curiosidad y lo llevaron a cenar a un restaurante de moda, donde el champaña y el interrogatorio cortés sobre sus musas terminaron convirtiéndolo, en su propia imaginación, en Vercingétorix desafiando a César —hasta que César resultó ser el maître d’hôtel pidiéndole que no armara escándalo. Aleccionado por esa mezcla de gloria y ridículo, Patteslongues decide que la mejor inversión de su luis no es un banquete, sino la venganza: comer cualquier cosa en un cabaret de bohemios y dejar brillar el oro sobre el mantel ante los ojos de sus colegas famélicos.
El mismo día, en otro registro social de la misma ciudad, lord Mirliton Cotton se aburre. Ha recorrido el planeta —Sevilla, Italia, Circasia, Rusia, la India— sin que ninguna mujer le altere el pulso; solo una alemana huesuda a orillas del Rin lo conmovió, y únicamente porque le recordó el perfil de su yegua muerta, cuyo casco conserva convertido en tintero. Su verdadero orgullo es la nariz: enorme, acaballada, retrato vivo de la de Wellington. Cuando amanece súbitamente enrojecida, el lord celebra el fenómeno como la perfección de su parecido, consulta a un médico afamado, escucha con deleite que la dolencia se volverá incurable en una semana, paga quinientos francos y huye de la consulta perseguido a gritos por el doctor, que no piensa dejar escapar un caso tan glorioso para la ciencia. Prefiere, dice, la muerte a la curación.
La ironía es que ese mismo eccema será la causa de su desgracia. Aquella tarde, entre carreras y galopadas por el Bosque de Bolonia, Mirliton ve descender de un carruaje a una mujer de ojos castaños, zapato inverosímil y un lunar junto a la comisura de los labios: la princesa Zafasnoïa-Jourielwskaia-Peterpoff, un título que no figura en ningún anuario nobiliario que él conozca de memoria —y los conoce todos. Ella lo mira, se ríe de él, vuelve a mirarlo con simpatía y se marcha dejándolo enamorado por primera y última vez a los cincuenta años. Con estos dos protagonistas —y un tercero, alemán, anunciado por el título— arranca una fantasía de aventuras que proyecta al siglo XXIX las manías, los prejuicios nacionales y las ridiculeces de la Europa de 1900, contada con oído afilado para el habla de cada clase y cada país, y con la certeza de que nada es más verdad que lo inverosímil.
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