Reunión de casi medio centenar de casos breves protagonizados por Harold Smith, detective privado londinense convencido de poseer un cerebro infalible, y narrados por Diógenes, el adolescente español que trabaja como su ayudante desde 1966.
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Reunión de casi medio centenar de casos breves protagonizados por Harold Smith, detective privado londinense convencido de poseer un cerebro infalible, y narrados por Diógenes, el adolescente español que trabaja como su ayudante desde 1966. Entre robos de joyas, fantasmas de castillo, platillos volantes y crímenes en habitación cerrada, la obra de J. C. Planells parodia con humor los tópicos del relato de enigma clásico: la deducción impecable convive aquí con el hambre, los alquileres impagados y las conclusiones que casi siempre se le adelantan al maestro.
Londres, segunda mitad de los años sesenta. En un piso modesto del centro que hace las veces de vivienda y agencia, sepultado bajo pilas de novelas policiacas, Harold Smith ejerce de detective privado con una confianza en sí mismo que ningún fracaso logra erosionar. Hijo de un comandante condecorado, pasó por Harvard sin terminar Derecho y por la policía rural de Somersetshire sin entusiasmo, hasta que decidió instalarse por su cuenta en la capital para enfrentarse a los grandes misterios. La familia le retiró el trato; su amigo de infancia Laurence Jameson, ya superintendente de Scotland Yard, le fue pasando clientes para que no cerrara la agencia el primer invierno.
El narrador es Diógenes, un muchacho español de quince o dieciséis años que asegura haber llegado a Inglaterra tras caer dentro de un barco mientras paseaba por el puerto de Barcelona, versión que nadie ha podido confirmar ni desmentir. Comparte con su jefe la penuria, la lupa empeñada para pagar la cena y la obligación de escribir relatos de misterio sin solución para que el detective ejercite su facultad deductiva: un entrenamiento que Harold no supera nunca y que alimenta una discusión permanente entre ambos. Con aspiraciones literarias y una imaginación desbocada, Diógenes suele intuir la respuesta antes que su jefe, aunque rara vez consigue que se la escuchen.
Cada episodio es una pieza breve y autónoma, construida sobre un motivo reconocible del género para desmontarlo desde dentro: la joya familiar sustraída de una caja fuerte que solo el propietario sabe abrir, el castillo escocés con fantasma de tradición hereditaria, los planos secretos, la momia asesina, el crimen en una habitación cerrada, el asesinato en un cohete espacial. La resolución llega tanto por el razonamiento como por el accidente, y el efecto cómico nace del contraste entre la solemnidad con que Harold anuncia sus hallazgos y la escala real de lo que descubre.
En torno a la pareja protagonista se despliega un reparto estable: Jameson, que consulta los casos imposibles; el abogado Donald French, siempre dispuesto a echar una mano; la señora Lane, portera del edificio; y su hija Sandra, colegiala miope y tenaz que convierte a Harold en héroe de sus reportajes escolares y aspira a ser reportera intrépida. Un apartado inicial de biografías traza además el arco completo de todos ellos más allá de los casos: la fama tardía del detective, el retiro rural, la carrera teatral de Diógenes y el destino de Sandra, en un contrapunto melancólico que da profundidad al conjunto.
Bajo la comicidad late un retrato afilado de las jerarquías británicas. Harold admira a la aristocracia hasta que la trata de cerca, desprecia a los políticos y se mueve entre dos clases sin pertenecer del todo a ninguna; su idealismo lo lleva incluso a defender al culpable cuando le parece que la justicia no basta. El resultado es una colección ligera de leer y sorprendentemente coherente, un homenaje burlón a Christie, Doyle y Van Dine escrito desde la admiración y desde el hambre.