Un historiador naval recorre, en relatos breves y de tono irónico, los episodios menos transitados de la guerra española de 1936 vista desde el mar: la flota heredada por la República, el vaivén de ministros sin oficio marinero, las bases…
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Un historiador naval recorre, en relatos breves y de tono irónico, los episodios menos transitados de la guerra española de 1936 vista desde el mar: la flota heredada por la República, el vaivén de ministros sin oficio marinero, las bases navales que decidieron lealtades y los hombres que quedaron partidos entre dos banderas.
Hay una guerra que se cuenta siempre por sus mesetas y sus cordilleras, y otra que ocurrió sobre el agua y que casi nadie relata. Este libro se instala deliberadamente en la segunda. Su autor, marino e historiador, parte de una constatación incómoda: España es una nación casi insular que ha vuelto la espalda a su propia historia naval, y ese olvido se agrava cuando se trata del conflicto civil de 1936, del que los partes oficiales apenas registraron las acciones en el mar aunque hubieran sido decisivas.
La obra no busca ser un tratado. Rehúye los estados de fuerza, los diarios de operaciones y la aritmética de tonelajes que suelen sepultar los libros llamados técnicos, y opta por una arquitectura de piezas breves: una frase afortunada, una cita oportuna, un detalle mínimo bastan para sostener un capítulo. Son entramados independientes, unidos por un hilo conductor que el lector va descubriendo más que siguiendo. El estilo es deliberadamente periodístico y está atravesado por una ironía seca, más británica que peninsular, capaz de deslizar una puya con aparente descuido.
El recorrido arranca antes de los disparos. Dos repúblicas nacidas del abandono de dos reyes, y el mar como escenario y mediador de ambas salidas: el crucero que llevó a Alfonso XIII de Cartagena a Marsella izando la bandera republicana en el viaje de vuelta. Sigue el inventario de una flota que en 1931 seguía contando entre las mejores de Europa —acorazados, cruceros, dos series de destructores, torpederos envejecidos, submarinos, bases en Ferrol, Cádiz y Cartagena— y que la República, según el autor, aprovechó bien en lo técnico y mal en lo político, entre invocaciones al pacifismo y presupuestos que preferían pintar los cascos a poner a punto los cañones.
De ahí surge uno de los capítulos más punzantes: doce ministros de Marina en poco más de cinco años, casi ninguno marino, algunos de paso tan fugaz que no alcanzaron a calentar el sillón. Abogados, catedráticos, un farmacéutico, un catalanista que firmó como primera orden la directiva de unas maniobras navales. El autor los llama, sin acritud, ministros de agua dulce, y de ese desbarajuste orgánico deduce la pregunta que sobrevuela el libro: si era posible una política naval seria con semejante trasiego.
La mirada se posa después sobre los buques que acabarían enfrentados —el España contra el Jaime I, el Cervera contra el Libertad y el Cervantes—, sobre las bases que definieron el mapa del alzamiento y sobre las matanzas de jefes y oficiales que ensombrecieron los primeros días. Pero el interés último no está en el material. Está en el factor humano, que el autor coloca por encima de cualquier estadística, y en la paradoja que atraviesa todo el volumen: algunos de los que ganaron la guerra la perdieron en su fuero interno, y muchos de los que la perdieron la ganaron en silencio.
Escrito con documentación en buena parte inédita, con cartas y testimonios de los últimos supervivientes de ambos bandos y de sus descendientes, el libro propone un pacto con la sinceridad y un respeto explícito por una memoria histórica que no debería ser patrimonio de un solo bando. Se lee deprisa, sin solemnidad y con humor, que es quizá la manera más difícil de contar una tragedia.
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