Una tarde cualquiera de compras en el Portal de l'Àngel de Barcelona termina con las manos manchadas de sangre. Ava Ström, una estudiante sueca recién llegada a la ciudad, sobrevive al ataque de un hombre armado y, al día siguiente,…
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Una tarde cualquiera de compras en el Portal de l'Àngel de Barcelona termina con las manos manchadas de sangre. Ava Ström, una estudiante sueca recién llegada a la ciudad, sobrevive al ataque de un hombre armado y, al día siguiente, encuentra el cadáver de una joven en el despacho de la profesora que debía dirigir su tesis. Convencida de que dos casualidades seguidas no son casualidad, decide investigar por su cuenta.
Ava Ström llegó a Barcelona con una beca a medias, una tesis sin empezar y la certeza de que su cuerpo y su cabeza son, a partes iguales, su fortaleza. Sueca, rubia, alta y perfectamente consciente del efecto que produce, se mueve por la ciudad con la ligereza de quien todavía la está estrenando: tiendas del centro, cafés con su compañera de piso, correos sin respuesta a una profesora esquiva. Esa vida provisional se rompe a las cinco y ocho minutos de la tarde de un uno de marzo, cuando un hombre cubierto de sangre irrumpe en la tienda donde se está probando unos vaqueros y ella, descalza y sin pensarlo, decide no correr hacia la puerta.
De la comisaría sale sin cargos pero con una imagen clavada: la mano tendida del agresor, los labios moviéndose no para amenazar sino para pedir. A la mañana siguiente, empeñada en no dejar que un lunático le arrebate sus planes, se presenta en la Universitat Fabra i Puig para acorralar por fin a la doctora Carla Santisteban. Entra por la ventana del despacho y encuentra, en la silla, a una mujer degollada que no es la profesora. Es Raquel Saiz, una doctoranda que ayudaba a Santisteban en algo. Ava borra sus huellas, se lleva el bolso de la muerta y se marcha sin avisar a nadie.
A partir de ahí, la novela avanza sobre una tensión doble: la del enigma y la de la propia Ava. Con la ayuda a regañadientes de Sonia —catalana, sarcástica, correctora incansable de su castellano y única persona a quien confiesa lo que ha hecho—, empieza a reconstruir la vida de Raquel a partir de lo que cabe en un bolso: un carnet, dos entradas para un concierto, una agenda, la foto de un novio. Mientras tanto, la investigación policial sigue su curso, el trabajo de modelo aparece como una vía inesperada de supervivencia económica, y las preguntas académicas que trajo consigo desde el norte —sobre cuerpos, imágenes y las apsaras, esas divinidades danzantes que dejaron su huella en la piedra y en algo más— dejan de ser un asunto de biblioteca.
Escrita con diálogo rápido, ironía y un oído muy fino para la lengua híbrida de Barcelona, la obra combina el pulso del thriller urbano con la comedia de costumbres y una vena de misterio erudito que se despliega capítulo a capítulo, hasta un epílogo y un anexo documental que reordenan lo leído. Su protagonista, que podría haber sido un estereotipo, es su hallazgo mayor: alguien a quien todos subestiman y que convierte esa ventaja en método.