En una Viena habitada por rusos de todas las suertes —jóvenes y viejos, millonarios y músicos, vivos y muertos—, un narrador comparte mesa con Suvorin: pianista celebrado en su juventud y hoy una celebridad olvidada, resignada al olvido.
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En una Viena habitada por rusos de todas las suertes —jóvenes y viejos, millonarios y músicos, vivos y muertos—, un narrador comparte mesa con Suvorin: pianista celebrado en su juventud y hoy una celebridad olvidada, resignada al olvido. De ese encuentro casual en un café nace una conversación intermitente que continúa en un restaurante italiano y en un piso demasiado grande desde que murió su mujer. Suvorin habla como toca: sin prisa, saltándose las prohibiciones médicas, dejando que la aldea de la infancia, el hambre de la guerra, los maestros admirados y los amigos perdidos se confundan en un mismo relato sin principio ni fin. Un retrato en prosa sobre la música, la vejez y lo que queda de un artista cuando ya ha dejado de tocar.
Todo empieza con una casualidad: un café lleno, todas las mesas ocupadas, los chistes contados y los periódicos leídos, y un desconocido sentado enfrente. El desconocido es Suvorin, ruso, setenta años a cuestas, pianista en su juventud y hoy un nombre que ya nadie reconoce. Al narrador —escritor, oyente paciente— le tocará aprender que a este hombre hay que darle tiempo: su alemán suena como un castillo de naipes que protege incluso de su propio aliento, y su cabeza está en otra parte, oyendo el hielo que se rompe en los canales o las notas falsas que tocó una noche en París.
Lo que sigue no es una biografía sino una acumulación de fragmentos, entregados a lo largo de varios encuentros. La aldea de la infancia, con sus tormentas esperadas, sus veranos descalzos y sus adivinas ambulantes que también vendían perlas y raíces milagrosas. Después los alemanes, que dejaron el dinero y se llevaron el jabón y las cerillas; el silencio de los ancianos; Leningrado cercado, donde el amor era calentarse las manos unos a otros y donde Siberia llegó a ser, por increíble que parezca, el lugar más seguro. Luego Moscú, el conservatorio a los quince años, la vida con un pie siempre en la cárcel, la sala Chaikovski, el estreno de una sinfonía de Alfred Schnittke y dos alumnas que se disfrazaron de mujeres de la limpieza y pasaron cuatro horas escondidas en una caja para poder oírlo.
En el centro de estas confidencias hay una devoción que Suvorin nunca declaró en vida de su objeto: la pianista rumana Clara Haskil, a cuya tumba de Montparnasse peregrinó en un descanso de ensayos y frente a la cual se sintió inútil, convencido de que ella sabía algo que él no sabía y que era importante saber. Junto a ella desfilan Richter y su lentitud de arqueólogo que cava con una cucharilla para no arruinar el tesoro, el joven Gould llenando una sala moscovita en el tiempo que dura un intermedio, y Zagurski, el amigo compositor que se dejó mantener en la Riviera por una alemana rica y no consiguió pasar del redoble de tambor con que pensaba abrir el concierto para violín prometido.
El presente, en cambio, es estrecho: pastillas de colores extendidas en la palma de la mano como una pequeña familia, un café prohibido que sabe mejor por eso, una casa que huele a días arduos y una maleta llena de tierra rusa con la que despide, a cucharadas, a los compatriotas que van muriendo en Viena. Solo una joven violinista insiste en rescatarlo del silencio y devolverlo al escenario; los dos saben que no tiene remedio. Wondratschek construye así un autorretrato dictado a otro, hecho de digresiones, ternura seca y humor negro, en el que la música nunca se explica y la lluvia, la noche y el agotamiento valen como una poética. Queda el retrato de un siglo ruso visto desde una mesa de café y la pregunta que el propio libro se hace desde el principio: si el azar sabe lo que quiere.
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