Un atardecer de tormenta, el lunes siguiente al Día de Acción de Gracias, la recién nombrada jefa de medicina forense de Virginia guarda en la cámara de refrigeración el cuerpo de una mujer sin identificar: cráneo fracturado, cuello…
Descargar
Un atardecer de tormenta, el lunes siguiente al Día de Acción de Gracias, la recién nombrada jefa de medicina forense de Virginia guarda en la cámara de refrigeración el cuerpo de una mujer sin identificar: cráneo fracturado, cuello seccionado y las manos amputadas. Cuando una vecina desaparece a pocos metros de su propia casa, el caso deja de ser un expediente anónimo y se vuelve algo íntimo. Una novela de investigación forense donde el laboratorio, la política institucional y el miedo doméstico avanzan al mismo paso.
La historia arranca en Old Town Alexandria, con el Potomac cubierto de niebla y una tormenta creciendo sobre el horizonte. En su despacho de la esquina, la protagonista —primera mujer que dirigió el sistema forense del estado y que ahora ha vuelto al cargo tras años dedicada a otras cosas— cierra los estores, cubre el microscopio y no consigue apartar de su cabeza a la mujer que aguarda en el depósito, un piso más abajo. Lleva todo un fin de semana con ella y sigue sin saber su nombre.
El cuerpo apareció junto a las vías del tren de Daingerfield Island, desnudo y dispuesto de manera deliberada, tal como lo vio el maquinista del cercanías de las siete de la tarde. La autopsia es tan clara como estéril: un golpe único en la nuca que la dejó incapacitada al instante, una hoja no dentada que le cortó el cuello hasta el espinazo y, ya muerta, la amputación de ambas manos. Sin huellas, sin coincidencias en las bases de datos genéticas, sin nada en el escenario salvo un penique aplastado y unas fibras sintéticas de colores que apuntan a que la envolvieron para trasladarla.
Al trabajo de bata blanca se le suma otro frente, mucho menos limpio. La protagonista no lleva ni un mes en el puesto y ha heredado una oficina hostil: una secretaria que la trata como a una subordinada y venera al jefe anterior, un antecesor que no se marchó al sector privado como le prometieron sino que ascendió hasta convertirse en su superior político, y años de casos mal llevados esperando revisión. A ocho kilómetros del Pentágono, sus obligaciones con una comisión federal de contingencias conviven con la sospecha de haber cometido el mayor error de su carrera al aceptar el regreso.
La llamada de un investigador de la Policía Forestal lo cambia todo. Una ingeniera biomecánica de treinta y tres años, empleada en proyectos clasificados de un laboratorio tecnológico, no ha ido a trabajar ni contesta al teléfono. Vive de alquiler temporal en la misma urbanización del muelle donde residen la hermana y el cuñado de la forense, a un paso de su propia casa. Dentro del adosado hay una mochila intacta sobre la mesa, muebles desordenados, sangre en el garaje y una pesa rusa volcada junto a la puerta de entrada. La mujer, además, es prácticamente invisible: sin redes sociales, sin fotografías, sin rastro alguno en internet.
El relato se construye desde la voz de la propia forense, en presente y con una precisión casi de protocolo: temperaturas de cámara, fibras al microscopio, reacciones vitales de los tejidos. Esa mirada clínica es también su forma de sostenerse mientras la investigación se acerca a su calle, a su familia y a las personas en las que todavía puede confiar. La pregunta que abre el libro no es solo quién mató a la mujer de las vías, sino cuánto sabía el asesino sobre el barrio en el que ella misma acaba de instalarse.