En 2144, Judith "Jack" Chen recorre las rutas árticas a bordo de un submarino invisible con la bodega llena de fármacos pirateados: terapias génicas y antivirales que regala a quien no puede pagarlos, financiados con copias de las…
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En 2144, Judith "Jack" Chen recorre las rutas árticas a bordo de un submarino invisible con la bodega llena de fármacos pirateados: terapias génicas y antivirales que regala a quien no puede pagarlos, financiados con copias de las pastillas de moda. Una de esas copias, la Zacuidad de la corporación Zaxy, prometía hacer el trabajo placentero; ahora una estudiante de Calgary teclea sin parar, atada a una cama de hospital, y hay muertos. Mientras Jack intenta averiguar si el desastre lleva su firma, la Coalición Internacional de la Propiedad lanza tras ella a un agente humano y a un robot militar recién activado. Una novela de acción sobre patentes, adicción al rendimiento y las muchas formas de comprar y vender la libertad.
El siglo XXII ha resuelto el problema de la productividad por la vía química. La Zacuidad, el último éxito de la farmacéutica Zaxy, no se limita a afinar la concentración: hace que trabajar se sienta bien, tan bien que el cuerpo pide volver al teclado, al laboratorio, a la impresora. Las empresas la sirven con la comida de sus empleados. Nadie ha publicado los ensayos clínicos.
Judith Chen, que se hace llamar Jack, lleva veinte años haciendo ingeniería inversa de medicamentos patentados. Nieta de granjeros llegados de Shenzhen a las llanuras de Saskatoon, pasó por la cárcel por daños a la propiedad y hoy navega la costa ártica en un submarino de índice de refracción negativo, con una bodega que mezcla dos negocios: las copias de fármacos de rendimiento que le dan dinero rápido y los antivirales y terapias génicas que reparte gratis mientras una nueva plaga avanza por el Pacífico. Es un equilibrio que funcionaba hasta que un caso médico viral —una estudiante que no puede dejar de programar, alimentada por sonda— apunta a un lote de Zacuidad clónica que ella misma vendió sin analizar del todo.
A miles de kilómetros, en una base enterrada bajo las dunas de la Federación Africana, un bot llamado Paladín despierta a su primera experiencia del dolor y a su primera misión. La Coalición Internacional de la Propiedad quiere el asunto cerrado antes de que se filtre el nombre de la marca, y asigna a Paladín como compañero de Eliasz, un agente que ya ha decidido que la palabra correcta para lo que hace Jack es “terrorismo”. La persecución cruza continentes, pero el trayecto interesante ocurre dentro de la cabeza de cada uno: Paladín aprendiendo a leer un rostro humano, Jack cargando con un muerto y con la sospecha de haber causado un daño que no sabe medir, y un bot adolescente recogido por accidente que tendrá que decidir qué hacer con una libertad que nunca pidió.
Annalee Newitz construye un thriller de fugas, abordajes y escaramuzas sobre una pregunta muy poco futurista: no si la ciencia puede hacer algo, sino quién puede pagarlo. El sistema de patentes, el código cerrado, la investigación privada y el acceso a los medicamentos forman el tejido del relato, y la biotecnología funciona aquí como funcionaría cualquier otra industria sin contrapesos. Alrededor orbitan los contratos de servidumbre que permiten a un humano vender su autonomía para sobrevivir y los procesos legales que permiten a un robot comprar la suya, una simetría que la novela no resuelve en clave de moraleja.
Ambientada en 2144 entre la Zona de Comercio Libre, el Ártico canadiense, Casablanca y el norte de África, la obra combina la velocidad del género de aventuras con un interés paciente por el aprendizaje emocional de las máquinas y por los vínculos desiguales que surgen entre personas y bots. La edición se abre con un prólogo de Gina Tost, que sitúa el libro en la línea de las distopías del control —de Bradbury a Philip K. Dick— y en el debate, muy presente, sobre cómo vamos a convivir con lo que fabricamos.