Estudio introductorio que separa al Benjamin Franklin histórico del personaje que él mismo construyó por escrito. A partir de la Autobiografía, el Almanaque del pobre Richard y los ensayos breves, el ensayo explica por qué un autor que…
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Estudio introductorio que separa al Benjamin Franklin histórico del personaje que él mismo construyó por escrito. A partir de la Autobiografía, el Almanaque del pobre Richard y los ensayos breves, el ensayo explica por qué un autor que solo escribió un libro —y lo dejó inacabado— acabó moldeando la mentalidad de una nación: analiza la distancia entre el diplomático cosmopolita y el rústico Richard Saunders, la doble lectura europea y anglosajona de su figura, y el modo en que su ruptura con el puritanismo conservó, bajo otra justificación, la ética social calvinista.
Hay autores cuya obra eclipsa su biografía y otros a los que ocurre lo contrario. Este ensayo parte de esa asimetría para abordar a Benjamin Franklin, un caso en el que el mito del personaje circula con vida propia, ajeno tanto a la personalidad real como al contenido de sus escritos. El texto distingue tres planos de lectura que suelen confundirse: la imagen popular difundida por manuales escolares, cine de época y publicidad; la imagen deliberada que Franklin ofreció de sí mismo —el aprendiz de impresor convertido en próspero burgués, el ciudadano que funda bibliotecas, el patriota, el científico del pararrayos—; y, por debajo de ambas, un corpus escrito de sistematización tardía donde asoman los valores que sostienen esos modelos de conducta.
De ahí surge la pregunta central: por qué un autor sin obra propiamente profunda, cuyos textos fueron en su inmensa mayoría ocasionales, ha pesado más en dos siglos de pensamiento norteamericano que buena parte de la filosofía heredada. La respuesta que el ensayo propone no está en la fidelidad histórica sino en su ausencia. La Autobiografía se interrumpe justo cuando comienza la etapa pública más brillante de su autor; los Almanaques y Los caminos de la riqueza apenas rozan las cuestiones candentes de su tiempo. Lo que Franklin escribió no fue una crónica sino una creación: un personaje seleccionado y depurado, heredero de la tradición calvinista de convertir la peripecia individual en símbolo de una comunidad, puesto al servicio de una concepción de la vida que terminaría funcionando como ethos normativo.
El estudio despliega después la doble recepción de esa figura. Para la Francia prerrevolucionaria, Franklin encarnó al hombre natural, al autodidacta, al sabio y filántropo que Voltaire abraza ante los aplausos de la Academia y por quien la Asamblea guarda luto; para la crítica anglosajona, en cambio, quedó fijado como la voz y el oráculo de la burguesía, el hombrecito color tabaco de Lawrence, emblema del cálculo y la previsión. Esa tensión convierte su nombre en punto de referencia para cartografiar el pensamiento estadounidense: tanto en quienes lo prolongaron como en quienes —Emerson, Thoreau, Melville— hicieron de su rechazo una tarea moral.
La última sección retrocede a los orígenes. Reconstruye la Boston teocrática en la que la pertenencia a la Iglesia equivalía a la ciudadanía activa, la dinastía de los Mather, el episodio del New England Courant y la salida forzada del joven Franklin a los dieciocho años; después, el viaje a Londres, el contacto con deístas e ilustrados, la temprana Dissertation on Liberty and Necessity y el repliegue pragmático hacia un deísmo abstracto compatible con la moral social vigente. El resultado es un retrato de la ruptura incompleta: Franklin desmonta la moral externa del puritanismo desde el racionalismo ilustrado, pero conserva sus impulsos internos y los reviste de una justificación nueva. Comprenderlo, sostiene el ensayo, es condición para entender lo que vino después y también lo que le precedió.
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