Pierre Pachet escribe la vida de su padre en primera persona y le cede la voz por completo: quien habla en estas páginas es Simcha Apashevsky, judío de Besarabia nacido a finales del siglo XIX, huérfano de madre a los cinco años,…
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Pierre Pachet escribe la vida de su padre en primera persona y le cede la voz por completo: quien habla en estas páginas es Simcha Apashevsky, judío de Besarabia nacido a finales del siglo XIX, huérfano de madre a los cinco años, estudiante de yeshivá en Odesa y emigrado a Francia en vísperas de la Gran Guerra. Un ejercicio de ventriloquia filial que convierte el duelo en una forma de conocimiento y el retrato en herencia.
El libro se abre con una explicación del autor, casi una disculpa: Pierre Pachet cuenta que de niño se aburría hasta el suplicio y que su padre, un día, le espetó una receta que sonaba a reprimenda y era en realidad una confidencia: «¡Lo que te hace falta es tener una vida interior!». Veinte años después de la muerte de ese padre, con un dolor que describe como físico antes que moral y con la sensación de no saber siquiera qué le habían extirpado, Pachet decide buscarlo exactamente por donde le habían enseñado: hacia dentro. Lo que encuentra allí no es un recuerdo, sino una voz. Y en lugar de escribir sobre ella, escribe desde ella.
A partir de ahí el hijo desaparece —«razón por la que casi no aparezco en estas páginas»— y toma la palabra Simcha Apashevsky, u Opashevsky, que cuenta su vida de principio a fin con una lucidez seca y sin concesiones. La muerte de la madre cuando él tenía cinco años, ese derrumbe del que asegura no haberse levantado nunca; el padre comerciante de trigo, sibarita y practicante, que se vuelve a casar casi de inmediato; una madrastra decente a la que el narrador se resiste a calumniar; el traslado a Tiraspol; la escuela rusa y, sobre todo, las dos aulas de la escuela hebrea junto a la sinagoga, su época más luminosa. La infancia transcurre bajo advertencias periódicas —el caso Beilis, los pogromos de Kishinev— que enturbian de antemano cualquier alegría, y culmina en una carta escrita a los catorce años a un tío de Odesa: la carta que le abre la puerta de la yeshivá y del mundo.
Odesa es la primera de sus fugas y el modelo de todas las demás: deseada como escapatoria y vivida como catástrofe, porque lo que se deja atrás está condenado a desaparecer. Allí compite con la flor y nata del joven judaísmo ruso, futuros revolucionarios, sionistas y grandes creadores; allí conoce la superioridad urbana de una prima pelirroja, la desenvoltura de un tío viajante —el Luftmensch del folklore— y la ambigüedad de todo un pueblo ante la Revolución, condensada en la escena de un soldado que silba melodías prohibidas en un compartimento de tren. Después vienen tres días de ferrocarril vía Viena y Múnich, los meses opacos de Nancy y el Instituto de Química, la fascinación por una lengua francesa afilada como un lápiz, la lección inolvidable de un filántropo redactando ante sus ojos una carta de recomendación como quien falsifica un billete, y la llegada a Burdeos en enero de 1914, con casi diecinueve años, para estudiar Medicina.
El resultado es un doble libro. Por un lado, la crónica de un desarraigo europeo contada sin épica por alguien que se declara sin vocación de héroe y con un pesimismo precoz que considera puro sentido común. Por otro, un retrato oblicuo del padre tal como el hijo lo vio: la talla pequeña y los labios finos, las gafas redondas, la fatiga que invadía la casa desde por la mañana, los enfados temidos y el rostro iluminándose por un café italiano o un chiste bien hilado; la vejez indistinguible de la enfermedad, el genio áspero que no se suavizó nunca. Sostiene el conjunto una ironía amarga —el nombre Simcha significa «alegría», como los apellidos de Freud y Joyce, y ninguno de los tres, observa, parece haber tenido suerte con eso— y una pregunta que el libro no cierra: qué se hereda exactamente de un padre, y si la palabra de un muerto puede seguir hablando a través de quien lo sobrevive. Publicado por Editorial Periférica en noviembre de 2021, con traducción de Laura Salas Rodríguez.