Una mujer nacida en San Francisco cuenta cómo un terremoto, tres cuadros de Matisse y un viaje a París le cambiaron la vida. Instalada en el 27 de la rue de Fleurus, asiste al nacimiento del arte moderno entre paredes cubiertas de lienzos,…
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Una mujer nacida en San Francisco cuenta cómo un terremoto, tres cuadros de Matisse y un viaje a París le cambiaron la vida. Instalada en el 27 de la rue de Fleurus, asiste al nacimiento del arte moderno entre paredes cubiertas de lienzos, cenas gobernadas por una cocinera de opiniones firmes y sábados en que llega todo el mundo. Su relato, en la voz de quien mira desde un costado, retrata a Picasso, a Matisse y a Gertrude Stein antes de que fueran célebres.
El relato arranca lejos de París: una infancia acomodada en California, un padre flemático capaz de darse la vuelta en la cama la mañana del terremoto, una madre aficionada a la música, años de estudio y de vida agradable pero sin verdadera pasión. El incendio de San Francisco desordena esa rutina y trae de vuelta desde Europa a unos parientes con tres pequeños Matisse en el equipaje: las primeras obras de arte moderno que cruzan el Atlántico. Un año después, la narradora está en París.
A partir de ahí el libro se vuelve una crónica de interiores. El 27 de la rue de Fleurus —casita minúscula, taller anexo, cerradura Yale, lámparas de gas recién instaladas— se describe con la precisión de quien ha aprendido de memoria cada mueble renacentista y cada lienzo colgado hasta el techo: Cézanne, Renoir, Gauguin, Toulouse-Lautrec, Picasso, Matisse, un Greco mediano, un Delacroix pequeño. Los sábados entra quien quiera, previa fórmula de cortesía, porque los cuadros todavía no valen nada y tratar a sus autores no distingue a nadie.
El desfile de figuras llega en anécdota, no en semblanza solemne: Picasso disgustado por llegar tarde y convencido de que su retrato acabará pareciéndose al modelo; Matisse acusando a su anfitriona de escuchar sin oír una sola palabra; Fernande, hermosa e indolente, que sólo conversa de sombreros y perfumes y termina dando clases de francés porque una separación se paga con la mitad de lo que Vollard acaba de desembolsar; Hélène, la cocinera, que sirve huevos fritos en vez de tortilla cuando quiere señalar una falta de respeto; Rousseau, demasiado tímido para llamar a la puerta, camino del Louvre. El vernissage de los independientes, con sus Derain y sus Braque de figuras como bloques de madera, funciona como bautismo del ojo de la narradora.
Bajo la ligereza aparente del chisme late un procedimiento. La voz que cuenta es la de la acompañante, la que se sienta con las esposas de los genios mientras los genios discuten, y desde ese lugar lateral levanta el retrato de una época heroica. El humor es seco, la digresión constante, la memoria selectiva y consciente de serlo. El resultado es a la vez libro de recuerdos, guía de un taller convertido en museo privado y comedia de costumbres sobre un puñado de desconocidos que, sin saberlo, estaban reescribiendo la pintura.
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