Un fenómeno de la guitarra de seis años en un pueblo pantanoso de Louisiana y su primo adolescente autista se cruzan una tarde en un McDonald's, y esa coincidencia enciende una pregunta que ocupará dieciocho años de investigación.
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Un fenómeno de la guitarra de seis años en un pueblo pantanoso de Louisiana y su primo adolescente autista se cruzan una tarde en un McDonald's, y esa coincidencia enciende una pregunta que ocupará dieciocho años de investigación. Joanne Ruthsatz y Kimberly Stephens reconstruyen ese recorrido con más de treinta niños prodigio estudiados de cerca, y proponen que la genialidad precoz y el autismo podrían ser parientes mucho más próximos de lo que la ciencia había admitido.
El libro arranca en 1998, en las carreteras secundarias de Louisiana, donde una psicóloga a punto de doctorarse viaja treinta horas en tren para evaluar a Garrett, un niño de seis años que fabricaba instrumentos con cucharas y rejillas de ventilación antes de saber leer, tocaba de oído canciones de la radio a los dos años y llenaba escenarios de festival sin haber recibido una sola clase formal. Las pruebas arrojan un resultado desconcertante: aptitud musical y memoria en el percentil más alto, pero un coeficiente intelectual notable y no extraordinario. La teoría que la investigadora traía consigo —inteligencia general, horas de práctica y aptitudes específicas— no basta para explicar lo que ha visto. La pieza que faltaba aparece por casualidad esa misma tarde, cuando conoce al primo autista del niño.
De esa intuición nace una investigación de casi dos décadas y la mayor muestra reunida hasta entonces sobre prodigios: un niño de dos años que deletrea «algoritmo», una pintora de seis fascinada con Georgia O’Keeffe, un violinista que distingue variaciones mínimas en los avisos del metro. El relato avanza como una novela de detectives con base científica: qué define exactamente a un prodigio, qué rasgos comparte con el autismo —memoria excepcional, atención obsesiva al detalle, apetito voraz por un tema— y qué lo separa, sobre todo una empatía extrema que parece invertir el estereotipo. En el centro está una familia canadiense: Alex, diagnosticado a los dieciocho meses, mudo hasta los dos años y medio, alineando árboles de juguete en la encimera; y su hermano William, también diagnosticado, que a los cuatro años elevaba números al cuadrado mentalmente y devoraba atlas y tablas periódicas. La crónica de esos años —la desesperación, la culpa, el matrimonio tensado, la primera palabra pronunciada frente a un frutero— sostiene emocionalmente el argumento científico.
El libro cierra abriendo una posibilidad de largo alcance: si prodigiosidad y autismo comparten un origen genético, entender a unos niños podría ayudar a los otros. Las autoras son explícitas sobre los límites de esa hipótesis y sobre el lenguaje que eligen para nombrarla.
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