Un ensayo de divulgación psicológica que examina por qué tantas mujeres viven en estado de adaptación permanente: fingir, callar, agradar y encajar como estrategias de supervivencia social.
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Un ensayo de divulgación psicológica que examina por qué tantas mujeres viven en estado de adaptación permanente: fingir, callar, agradar y encajar como estrategias de supervivencia social. Con más de veinte años de consulta a sus espaldas, la autora nombra ese mecanismo —la impostura— y lo distingue de la mentira deliberada: casi siempre es inconsciente y aprendida. El resultado es una lectura crítica del mandato de feminidad y de su factura sobre la salud física y mental.
«Merecemos los mismos derechos, pero desde que nos levantamos hasta que nos acostamos actuamos como si pensáramos lo contrario.» De esa contradicción parte este libro, escrito desde la experiencia clínica de una psicóloga que ha visto pasar por su consulta a mujeres muy distintas con un denominador común: el esfuerzo agotador de sostenerse en una sociedad que les pide lo imposible.
La tesis central es la impostura. No se trata de mentir —eso supone voluntad y conciencia de engaño—, sino de algo más difuso y más hondo: interiorizar un sistema de valores ajeno para evitar el precio de la exclusión. Disimular, agradar, ocupar poco espacio, aparentar tranquilidad, ignorar el cansancio. Como recuerda la autora citando a otras estudiosas del tema, muchas mujeres mienten porque así la vida diaria resulta más sencilla, porque así se mantienen a salvo, porque nadie las cree cuando dicen la verdad.
El recorrido combina tres registros. El teórico: la división sexual del trabajo, los estereotipos de género organizados en cuerpo, capacidades intelectuales, carácter e interacciones sociales, y la observación de que ellos deben esforzarse por parecer lo que no son mientras ellas se esfuerzan por no parecer lo que son. El histórico: el cuerpo femenino como primera propiedad apropiada por las sociedades patriarcales, el corsé, el canon pictórico, la Rational Dress Society, la delgadez de pasarela y la actual «belleza natural», que es la belleza de siempre pero sin que se note el artificio. Y el testimonial y estadístico: mujeres que acuden a consulta por síntomas sin causa médica, diagnósticos de ansiedad y depresión que duplican los masculinos, consumo de psicofármacos, cirugías estéticas y genitales cada vez más tempranas, filtros de inteligencia artificial que convierten cualquier rostro en el de una adolescente sin poros.
El primer capítulo abre por la imagen: la presión estética como versión moderna de un control social antiguo, la insatisfacción corporal que empieza en primaria, el vello y el pezón como territorios de censura, el borrado digital denunciado por actrices que no se reconocieron en su propia portada.
El libro describe hechos y también defiende derechos: el derecho a fingir, callarse y disimular si eso es lo que se quiere, y el derecho a hacer exactamente lo contrario. Su aspiración no es prescribir una conducta, sino que esa elección deje de ser el eje sobre el que se articula una vida. Para ello propone una pregunta sencilla y demoledora ante todo aquello que damos por bueno: ¿bueno para quién?
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