Tras la muerte repentina de su novio, una joven marcada por un pasado de abandono y adicción empieza a percibir señales imposibles en la casa de la familia de él.
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Tras la muerte repentina de su novio, una joven marcada por un pasado de abandono y adicción empieza a percibir señales imposibles en la casa de la familia de él. Entre el duelo, los diagnósticos médicos y la certeza íntima de que alguien la acompaña, decide buscar una vía de contacto con el otro lado, sin sospechar hasta dónde puede llevarla esa esperanza.
Cintia entierra a Kevin Patterson una tarde de sol y multitud vestida de negro, incapaz de aceptar que un accidente de tránsito se lo haya llevado a los veintidós años. Él no fue solo su pareja: fue quien la encontró en un comedor parroquial para jóvenes sin techo, quien le pidió una sonrisa a cambio de un plato de comida, quien la ayudó a salir de las drogas y de las secuelas del abuso sufrido en su infancia. Sin ese faro, la vida cotidiana se vuelve un ejercicio de supervivencia: pastillas para dormir, pesadillas que repiten el choque con detalles cada vez más crueles, un psiquiatra que habla de plazos y normalidad.
Pronto, sin embargo, empiezan las anomalías. Una canción se distorsiona en los auriculares como un disco rayado. Una biblioteca se sacude sola y los libros caen al suelo como si una mano furiosa los arrojara. Una mano fría la sujeta del hombro frente al mar. Cada episodio admite dos lecturas —alucinación psicosensorial o presencia— y la novela mantiene esa ambigüedad el tiempo suficiente para que el lector dude junto con la protagonista. Un intento de suicidio, del que despierta sin recordarlo, la deja bajo el cuidado de los Patterson, la familia religiosa y cálida que ella siempre quiso tener, instalada en una habitación improvisada en el ático.
Es allí donde los golpes en un cajón dejan de parecerle un síntoma. Cuando descubre unas fotografías de la infancia de Kevin y ensaya un código de golpes —uno para sí, dos para no—, la desesperación se transforma en euforia: él está ahí, la acaricia, la hace reír, le responde. Cintia compra un tablero de ouija en una tienda de la avenida principal y logra por fin conversaciones más largas, con bromas privadas y hasta emoticones. Y entonces llega la propuesta: un ritual con sangre, romero, nueve velas y un espejo partido en dos que le permitiría volver a tocarlo. Ella percibe el filo de lo prohibido en esa lista, pregunta, duda, pide garantías. La respuesta que recibe es una sola palabra: confía.
“Aún estás aquí” es una novela de terror íntimo construida sobre el duelo. Su fuerza no está en el sobresalto sino en la lógica emocional de una mujer que ha perdido lo único que la sostenía y que, por eso mismo, está dispuesta a creer cualquier cosa con tal de recuperarlo. La ternura de los diálogos con el más allá funciona como trampa: cuanto más entrañable resulta el reencuentro, más incómoda se vuelve la pregunta de quién está realmente al otro lado del tablero.
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