Durante semanas, Cassandra ha sentido que alguien la vigila. En la fiesta con la que su hermana celebra los ocho meses de su sobrina, un mesero le entrega una rosa negra con una nota firmada por un desconocido enmascarado.
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Durante semanas, Cassandra ha sentido que alguien la vigila. En la fiesta con la que su hermana celebra los ocho meses de su sobrina, un mesero le entrega una rosa negra con una nota firmada por un desconocido enmascarado. El rastro la conduce hasta un pasillo de espejos prohibido, donde la espera una sola palabra: muerte. Un thriller de suspenso doméstico que se mueve entre la opulencia costera de Busen y la niebla de Deris, y en el que una promesa dicha en voz baja anticipa todo lo que vendrá.
A los veintiséis años, Cassandra trabaja en una pastelería y sostiene un único sueño: abrir la suya. Es arisca, irónica y declaradamente incapaz de querer a los niños, incluida su sobrina recién llegada al mundo. Esa aspereza choca con el universo pulido de su hermana Lucía, casada con Daniel y al frente de A.C.D Company, la mayor distribuidora de alimentos del país.
Todo comienza con una intuición difícil de nombrar. Durante dos semanas, al salir del trabajo y cruzar un estacionamiento alumbrado por un solo farol, Cassandra siente que alguien la observa desde los árboles. La sensación la acompaña hasta la mansión frente al mar donde se celebra el cumplemés de la niña: un salón de rosas blancas, detalles dorados y conversaciones de negocios en el que ella se refugia en una esquina, ajena a la fiesta que sus propios postres coronan.
La certeza deja de ser intuición cuando un mesero le entrega una rosa negra con una nota atada al tallo. La firma un tal Rosa Negra; el mensajero solo recuerda a un hombre con antifaz. La nota la invita al rincón más apartado de la casa, y la curiosidad puede más que la prudencia. Allí, entre reflejos deformados y flores suspendidas de hilos casi invisibles, encuentra una segunda rosa —esta vez con espinas— y una advertencia de una sola palabra.
El encuentro no termina en violencia, sino en algo más inquietante: la sospecha de que la amenaza ya está dentro de la familia. Lucía lleva semanas nerviosa, hizo una llamada nocturna entre lágrimas, viaja mañana a Suiza y, antes de despedirse, le pide a su hermana una promesa que suena más a súplica que a precaución. Cassandra decide callar lo que sabe, convencida de que nada malo va a ocurrir.
El regreso a casa cierra el primer movimiento del libro y define su geografía emocional: la carretera oscura, el bosque, un sector casi deshabitado donde las vecinas inventan historias sobre ella, una puerta trasera que nunca cierra bien y un desconocido instalándose en la casa de enfrente, vacía desde hace diez años.
Narrada en primera persona, la novela combina la tensión del thriller con el retrato de una mujer marcada por la pérdida, la desconfianza y una idea heredada del perdón que no logra aceptar. El suspenso avanza por acumulación de señales —una flor fuera de lugar, un silencio, una promesa— hasta convertir la paranoia en advertencia.