Un geólogo que creció junto al bosque descubre, ya adulto, que apenas sabe leerlo: no distingue las especies, ignora por qué llegan los colores del otoño y desconoce la historia profunda de los árboles.
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Un geólogo que creció junto al bosque descubre, ya adulto, que apenas sabe leerlo: no distingue las especies, ignora por qué llegan los colores del otoño y desconoce la historia profunda de los árboles. Para remediarlo viaja en pleno invierno a la finca de un amigo de la adolescencia —biólogo, propietario forestal y observador de grandes depredadores— y emprende con él una exploración a pie, a zancadas y en coche por veinte mil hectáreas de coníferas noruegas. De ese recorrido nace un libro que alterna la caminata concreta, con sus huellas de zorro y sus rastros de lobo, con un viaje de cientos de millones de años hacia el origen de la vida vegetal en tierra firme.
Todo empieza con una carretera. El narrador deja atrás Oslo, su asfalto y sus gases de escape, y en menos de diez minutos el bosque le sale al encuentro: oscuro, compacto, muy distinto de las parcelas de verde luminoso que ordenan el paisaje agrícola europeo. Mientras conduce hacia el este, piensa que podría seguir avanzando casi seis mil kilómetros sin salir del mismo cinturón de coníferas, esa franja que rodea el planeta y forma el mayor ecosistema continuo de la tierra firme. También observa lo contrario: la fragmentación creciente, los campos de labranza, las urbanizaciones, las superficies de tocones y ramas apiladas que recuerdan cuántas veces la humanidad se ha servido de la madera para cobijarse, calentarse, navegar y escribir.
El destino es una granja familiar en el interior de Østfold, en propiedad de la misma familia desde seis generaciones, y el bosque que la rodea. Allí lo espera Mats: biólogo, cazador desde los dieciséis años, especialista en aves rapaces, y hoy uno de los mayores propietarios forestales de la comarca, aunque la explotación apenas dé para pagar los intereses de la deuda y deba completar sus ingresos con un sueldo. Es también quien hace de ojos y oídos del Estado en la vigilancia de los grandes depredadores. En su móvil guarda imágenes de dos siluetas caninas capturadas de noche por una cámara automática, y de un lince que baja corriendo por una ladera cerca de allí. El plan del día se decide solo: rastrear huellas de lobo sobre la nieve reciente.
Pero la excursión es también una excavación. Ante un abeto de treinta metros, los dos amigos introducen un taladro de dendrocronología y extraen un fragmento de duramen para contar los anillos: el gigante resulta tener apenas ciento veinte años, y esa decepción abre paso a una reflexión sobre cómo crecen los árboles —cámbium, albura, floema— y sobre los ejemplares que sí desafían el tiempo, incluido el pino milenario que un estudiante estadounidense taló en 1963 sin saber que derribaba el árbol más viejo del mundo. De ahí el relato salta a un pasado aún más remoto: los musgos que vistieron una superficie desnuda y enfriaron el clima, los primeros tallos de apenas seis centímetros, la explosión de formas del Devónico, los troncos fosilizados del Ártico que un día crecieron junto al ecuador, y las criaturas de transición entre el pez y el anfibio que salieron del agua justo cuando aparecían los primeros bosques.
El resultado es un libro de campo y de tiempo largo a la vez. Su hilo íntimo —un herbario improvisado con su hija, un trozo de madera petrificada de ciento cincuenta millones de años que parece salido de la leñera de casa— sostiene una pregunta sencilla y persistente: qué significa realmente el bosque para nosotros, si un decorado verde que dejamos atrás, un lugar de silencio y bayas, o el sistema del que dependen el clima, el suelo y buena parte de la vida que conocemos. La respuesta se construye paso a paso, entre datos de metros cúbicos y mitologías del lobo, sin idealizar el bosque ni reducirlo a mercancía.
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