Cuando su hermano mellizo desaparece durante un vuelo de carga entre Derby y la Isla del Hombre, Sofía Ibarnegaray abandona Miami y la carrera de medicina para buscarlo con la única pista que tiene: un sueño que se repite y nombra un lugar…
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Cuando su hermano mellizo desaparece durante un vuelo de carga entre Derby y la Isla del Hombre, Sofía Ibarnegaray abandona Miami y la carrera de medicina para buscarlo con la única pista que tiene: un sueño que se repite y nombra un lugar llamado Gaeth. Una tormenta estrella su avioneta justo allí, en un pueblo envuelto en niebla que no figura en ningún mapa, donde el café se enfría demasiado rápido, nadie tiene teléfono y todos llegaron después de un accidente.
En una mañana soleada de Miami que no alcanza a entrar en la casa de los Ibarnegaray, Sofía se despierta otra vez con la misma voz en la cabeza: alguien la llama desde el fondo de un túnel y le repite que aún está ahí, que puede encontrarlo, que está en una isla llamada Gaeth. Su hermano mellizo Felipe lleva semanas desaparecido. Voló de Derby rumbo a la Isla del Hombre con una última entrega y nunca llegó; ni la policía inglesa ni las influencias del abuelo español que la familia apenas conoce han encontrado rastro de la avioneta. Convencida de que la conexión que siempre tuvo con su hermano sigue intacta, Sofía cruza el Atlántico para buscarlo ella misma.
En la agencia de mensajería donde trabajaba Felipe encuentra a dos pilotos: Andrew McDuff, veterano, alcoholizado y el único que reacciona con pánico al oír el nombre de Gaeth —jura haber estado allí y no pensar volver jamás—, y Marcel O’Reilly, joven, irlandés y dispuesto a peinar el mar con ella. El segundo vuelo dura poco: un rayo parte el ala, la avioneta cae al agua y ambos despiertan en una playa de arena vuelta fango, rescatados por un médico anciano que los lleva a un hospital llamado, sin ironía aparente, Hospital de las Memorias. La isla no es la del Hombre. Es Gaeth.
Lo que sigue es una investigación que avanza a tientas por calles vacías y bruma permanente. Los habitantes reciben a los forasteros con una cortesía que roza lo ensayado: el jefe de policía que se ofende si alguien sugiere que su pueblo no existe en los mapas, el dueño del café que llegó tras un choque de coche y discute cuántas personas lo rescataron, las enfermeras gemelas, la florista encontrada dentro de la bañera con su vestido de novia puesto y sangre seca en el brazo, esperando a un novio que se marchó con el hombre del barco, un desconocido que solo aparece cuando se despeja el cielo y sale el sol. Nadie tiene teléfono, nadie parece querer arreglarlo, y todos coinciden en una frase incómoda: la gente va y viene de aquí, aunque muy pocos se quedan.
El golpe más duro no es una pista sobre Felipe, sino una cara. Un amigo del desaparecido abre la puerta de su casa y resulta idéntico —los ojos, la espalda, la sonrisa torcida— a Jack, el primer amor de Sofía y el mejor amigo de su hermano, muerto años atrás cuando su avioneta se incendió en pleno vuelo. Tiene además las manos heladas.
Con esa acumulación de coincidencias imposibles, la novela va desplazando su centro: de la búsqueda de una persona a la sospecha sobre el lugar mismo, sus reglas y su leyenda. Sanz Barriga alterna el pulso del misterio con el duelo de una madre que espera en Miami y con una historia de amor que crece a destiempo entre Sofía y Marcel, mientras los sueños de la protagonista dejan de parecer sueños y el aviso de una mendiga en una calle de Derby —cuidar el alma, buscar en el sol— empieza a leerse como instrucción. Una narración de atmósfera cerrada y ritmo sostenido sobre las pérdidas que no terminamos de aceptar y sobre el precio de negarse a soltar a quien ya se fue.