En un Madrid de 2058 barrido por la nieve, las drogas de diseño y la tensión política, un hombre con implantes neuronales sobrevive a un atentado masivo en el estadio del Atlético la víspera de un referéndum decisivo.
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En un Madrid de 2058 barrido por la nieve, las drogas de diseño y la tensión política, un hombre con implantes neuronales sobrevive a un atentado masivo en el estadio del Atlético la víspera de un referéndum decisivo. Lo que empieza como una noche de fútbol con los amigos se convierte, hora a hora, en el primer capítulo de algo mucho más extraño: unas masas viscosas han aparecido de la nada, y nadie sabe explicar de dónde vienen.
Madrid, 21 de diciembre de 2058, ocho de la tarde. Rodrigo —Rod para los pocos que lo aguantan— camina bajo diez grados bajo cero con el mono encima y una lista de tareas que su implante cortical ya no consigue leer, porque tiene la cabeza demasiado llena de ruido. Sus amigos lo esperan en el Metropolitano para un partido menor de un equipo al borde del descenso. Antes de llegar hará escala en un bar mugriento donde el café sabe a síntesis barata, se pagan cuatro mil pesetas por una taza y cuatro borrachos discutren a gritos sobre el referéndum de anexión de Catalunya que se vota al día siguiente. Esa escala terminará mal, como casi todo lo que Rod toca.
La novela avanza con una estructura de reloj: cada capítulo es una hora, y las veinticuatro horas siguientes bastan para que una ciudad entera se desencaje. La explosión en el estadio llega cuando el partido apenas ha empezado, y lo que sigue no es un plano heroico sino una descripción minuciosa y sin anestesia de cómo muere la gente en una estampida: escaleras partidas por la mitad, cuerpos apilados junto a la puerta 38, agentes desbordados, un megáfono estropeado que no consigue avisar a nadie. Rod y sus amigos sobreviven agarrados a una tubería mientras la multitud se aplasta bajo sus pies. Los muertos se cuentan por millares antes de que nadie sepa siquiera quién ha puesto la bomba.
El marco político es tan reconocible como incómodo. Un presidente promete masacrar a los responsables mientras confirma que el referéndum se celebra igual; los medios señalan a una facción yihadista; en la calle, unos culpan a los catalanes, otros a los inmigrantes, y las banderas y los grafitis se responden a golpes en los andenes del metro. El Ejército, ya desplegado para asegurar la votación, ocupa la ciudad antes de lo previsto. Entre las camillas de un hospital de campaña montado en un parque, los psicólogos convencen a los recién amputados de las virtudes de una pierna biónica que probablemente no puedan pagar, y los sanitarios miran hacia otro lado ante las trazas de cocaína en la sangre de un superviviente.
Y entonces, casi de pasada, alguien menciona las masas viscosas. Sustancias aparecidas de la nada, sin explicación, sin origen. Nadie sabe si es un ataque bacteriológico, una distracción o algo que no cabe en ninguna de las categorías disponibles. Es la primera grieta por donde asoma el otro asunto de la novela: universos paralelos, sectas que llevan tatuado en la frente el símbolo de los adoradores del Universo-2, una amenaza que no responde a ninguna geopolítica conocida. La sospecha de que el propio Gobierno pueda estar detrás del atentado se cuela en la cabeza del narrador justo cuando el lector empieza a intuir que la pregunta correcta es otra.
«Atrapado entre dos universos» combina cyberpunk de manual —implantes, licencias de manipulador de mentes, corporaciones que fabrican ojos y prótesis, un estadio con nombre de patrocinador— con una violencia frontal que el propio autor reconoce como marca de la casa. La voz de Rod es la de un narrador desagradable y lúcido a partes iguales: consume todo lo que encuentra, reparte patadas sin remordimiento duradero y, al mismo tiempo, es el único que se detiene a mirar el cadáver de un niño en el círculo central. Carlos Sibid escribe una España futura que no es una distopía abstracta sino una prolongación irritada del presente, y la usa como suelo para una historia que, hora tras hora, va dejando de ser terrestre.
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