En un rancho aislado del oeste de Wyoming, un semental negro que nadie reclama empieza a llevarse las yeguas de la propiedad. Para Jake Banyon, el capataz que ha construido su calma a base de soledad y trabajo, ese ladrón de cuatro patas…
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En un rancho aislado del oeste de Wyoming, un semental negro que nadie reclama empieza a llevarse las yeguas de la propiedad. Para Jake Banyon, el capataz que ha construido su calma a base de soledad y trabajo, ese ladrón de cuatro patas es solo el primero de sus problemas: el dueño del rancho acaba de anunciarle que su hija, recién salida de un divorcio devastador, vendrá a pasar una temporada. Dos personas decididas a no volver a confiar comparten techo, y el desacuerdo llega antes que el saludo cordial.
El rancho Caballo Salvaje lleva casi un siglo en manos de la familia Paxton, aunque su actual propietario, Stuart, hace tiempo que dirige su vida desde Nueva York y solo aparece por Wyoming dos o tres veces al año. Quien sostiene el lugar es Jake Banyon, un capataz de pocas palabras que en cuatro años ha convertido ese rincón remoto —a ochenta millas del pueblo más cercano— en el refugio ordenado que necesitaba después de una juventud que estuvo a punto de destruirlo: un compromiso roto a los diecinueve años, una larga temporada de excesos, la muerte de su padre y la pérdida del rancho familiar. De aquella caída salió un hombre sobrio, incansable y casi ermitaño, convencido de que la distancia es la mejor forma de protegerse.
Dos noticias alteran ese equilibrio en la misma llamada telefónica. La primera es un semental negro que ha surgido de ninguna parte, que no figura en ningún registro y que ya ha reunido un pequeño harén con las mejores yeguas del rancho; nadie sabe de dónde viene ni a quién pertenece, y entre los hombres empieza a circular la idea de eliminarlo. La segunda es un favor personal: Stuart quiere enviar a su hija Carly, que arrastra el año más duro de su vida tras un matrimonio que resultó ser una farsa, para que el silencio de las montañas la ayude a recomponerse. Jake acepta sin poder negarse, y desde ese instante espera la llegada como se espera una tormenta.
Carly no vuelve al rancho por gusto, sino por tranquilizar a su padre, pero el paisaje visto desde el helicóptero le devuelve una serenidad que había olvidado. También le devuelve la casa de su infancia, deteriorada y polvorienta, con la mecedora del abuelo y el piano de la abuela intactos como reproches. Lo que no esperaba era encontrarse con un capataz de su misma edad, atractivo y visiblemente incómodo con su presencia. La atracción es inmediata y mutua, y los dos la reciben como una amenaza: él, porque se ha jurado no acercarse a una mujer, y menos a la hija de su jefe; ella, porque ha decidido que el romance es un espejismo del que ya no piensa vivir.
El primer choque no tarda ni quince minutos: Carly se niega en redondo a que se dispare contra un animal que solo obedece a su instinto, y Jake, incapaz de admitir que jamás pensó matarlo, se atrinchera en su autoridad. Entre el orgullo herido de ambos, la casa vieja que pide manos y un caballo indómito que se niega a ser atrapado, se dibuja una historia donde la libertad, la desconfianza y el deseo tiran en la misma dirección.
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