Una fotografía en blanco y negro de una joven desconocida basta para sacar a David Sánchez, abogado en retirada y espeleólogo solitario, de la vida tibia en la que se había instalado.
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Una fotografía en blanco y negro de una joven desconocida basta para sacar a David Sánchez, abogado en retirada y espeleólogo solitario, de la vida tibia en la que se había instalado. Esa mujer fue una de las víctimas de la matanza de los abogados de la calle Atocha, en enero de 1977, y el sobre anónimo que llega a su portal lo empuja a investigar el crimen junto a Cris, una periodista recién licenciada, mientras en el presente una trama de poder decide que ese reportaje no debe publicarse.
La novela avanza en dos tiempos que se van estrechando hasta rozarse. En el primero es la noche del 24 de enero de 1977 y hace un frío casi moscovita en Madrid. Tres hombres —Cerrá, Juliá y Tejada, que hace guardia en el rellano— irrumpen en un despacho laboralista de la calle Atocha, arrancan la línea telefónica y ponen a un grupo de abogados de cara a la pared. Fuera, las fachadas empapeladas de carteles de amnistía, sindicatos y partidos miran sin poder testificar; un coche pasa por la calle y no se detiene. Esa misma semana han muerto Arturo Ruiz y María Luz Nájera, el GRAPO ha secuestrado a un teniente coronel y la Transición, esa que la memoria oficial recuerda apacible, deja diez cadáveres en siete días.
En el segundo tiempo, décadas después, David Sánchez lleva media vida ejerciendo de faquir emocional: caminar descalzo sobre el dolor, pasar de puntillas, no magullarse. Ha dejado el bufete sin saber muy bien por qué y baja solo a las cuevas contra el consejo de todo el mundo. Antonio, jefe de redacción de un periódico importante y viejo amigo de su padre muerto, le ofrece colaborar en un reportaje sobre la matanza: necesitan a alguien que controle de derecho, porque aquel juicio fue el primero desde la guerra civil en sentar a la extrema derecha en el banquillo, porque uno de los acusados recibió un permiso inexplicable y desapareció, y porque siguen sin saberse muchas cosas sobre quién ordenó y organizó todo. David dice que no. Un sobre sin remitente, con la portada del diario Ya del 26 de enero de 1977 y seis rostros en blanco y negro, le hace cambiar de rumbo.
A su lado trabaja Cris Cuellar, veintidós años, primer empleo serio, una brújula interior que no atiende al qué dirán y un conocimiento del caso que desconcierta a quien la juzga por su edad. Su relación —incómoda, curiosa, todavía sin nombre— sostiene buena parte del relato. En paralelo, dos policías, Silva y Esteban, se mueven por las carreteras nocturnas de Madrid entre confidencias, horas extras y una vocación por meterse donde no les toca; un sobre marcado como “Importante” aparece a la puerta de su comisaría y su superiora, la inspectora jefa Sofía, se lo guarda sin dar explicaciones. Y en un piso del centro que ya existía en 1977, un anciano llamado Rafael riega sus plantas mientras sus dos consejeros discuten cómo neutralizar al periódico que lleva dos meses estropeándoles las operaciones: Adolfo tejiendo hipótesis, Ferro quemando cerillas junto a un cenicero donde también hay balas.
La obra se construye por capítulos breves que alternan épocas, voces y registros, y va montando su tensión menos desde la acción que desde lo que no se dice: el silencio espeso antes del disparo, las preguntas que el archivo no responde, los cabos sueltos de una impunidad que nunca se cerró del todo. Es a la vez novela negra contemporánea, reconstrucción de un crimen político real y retrato íntimo de dos personas —un hombre que se enterró para no sufrir y una joven que aún no ha aprendido a tener miedo— que descubren que investigar el pasado obliga a exponerse en el presente. Los personajes de Tejada, Cerrá, Juliá y Carlo, así como las víctimas, corresponden a personas reales; el resto es creación literaria.