Una reportera novata investiga la muerte imposible de una reclusa en una cárcel de mujeres sin guardias, bajo una nube negra que nunca descarga. Novela corta de misterio con tintes de extrañeza cotidiana.
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Una reportera novata investiga la muerte imposible de una reclusa en una cárcel de mujeres sin guardias, bajo una nube negra que nunca descarga. Novela corta de misterio con tintes de extrañeza cotidiana.
Atena Telurian lleva seis meses en El Interrogante cubriendo la información local de Váster Sur cuando un reportaje incómodo le cuesta el favor del ayuntamiento: fotografía al hijo del alcalde secuestrando gatos negros en plena noche y el diario publica la imagen, pero no el nombre. La presión política llega rápido, y con ella una forma peculiar de castigo disfrazada de ascenso. Sus jefes la apartan de todo lo que roce al consistorio y le encargan, a cambio, perseguir sucesos inexplicables. El primero de la lista es un rumor filtrado en una cena oficial: una interna de la prisión femenina de Ensenada ardió sola, sin causa aparente, mientras paseaba por los prados.
Ensenada queda a cuarenta kilómetros de la ciudad, en una llanura donde crecen musgos y líquenes que no deberían estar ahí y pastan bisontes cuya presencia nadie sabe explicar. El edificio no tiene guardias, ni alambradas serias, ni puertas cerradas: parece una casa colonial de paredes amarillas donde ochenta y tres mujeres cocinan, limpian y se organizan solas. Lo único que lo distingue del paisaje es la nube inmóvil que lleva diez años suspendida sobre el tejado, cargada de agua que jamás cae y que solo deja un vapor húmedo del que se alimenta un liquen que ya trepa por los muros y por los cuerpos.
Quien lo dirige es Alicia Baldeón, una mujer elegante y enguantada que rechaza la palabra cárcel, habla de familia y sostiene una tesis inquietante: la verdadera condena no es el encierro, sino la culpa que cada interna trae consigo. Su relato es fluido y persuasivo hasta que Atena pronuncia las palabras combustión espontánea. Entonces la entrevista se cierra de golpe, con un desmentido rotundo y una invitación aparentemente generosa: recorrer el recinto libremente, hablar con quien quiera, contar a las internas una por una.
A partir de ahí, la reportera avanza por pasillos vigilados por cámaras que no ve, entre mujeres que no huyen aunque podrían, una anciana instalada voluntariamente en una celda y detalles que no encajan con la versión oficial. Contada con una prosa seca y de tempo firme, esta es una historia sobre el precio de hacer preguntas cuando las respuestas incomodan a quienes las custodian, y sobre lo fácil que resulta llamar hogar a una prisión cuando nadie tiene adónde ir. El misterio de la mujer que ardió es solo la puerta de entrada; lo que Atena encuentra dentro tiene una lógica propia, y esa lógica no se apaga.
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