Madrid, madrugada del 8 de noviembre de 1919: cuatro disparos acaban con la vida del duque de Monteleal, ministro de la Gobernación, en el despacho de su casa de la calle Fortuny.
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Madrid, madrugada del 8 de noviembre de 1919: cuatro disparos acaban con la vida del duque de Monteleal, ministro de la Gobernación, en el despacho de su casa de la calle Fortuny. El comisario Beltrán Garcés, el más joven en alcanzar el cargo, asume una investigación que en pocas horas deja de ser policial para volverse política: los periódicos ya señalan a los anarquistas antes de que exista una sola prueba, y alguien dentro de la propia policía filtra lo que conviene creer.
Una casa señorial de cuatro plantas, un balcón abierto que nadie pudo saltar, una cerradura intacta y un cadáver con un tiro en la sien y tres en el abdomen. Con ese cuadro empieza el trabajo del comisario Beltrán Garcés, llamado a las cinco de la madrugada porque estaba de guardia y confirmado en el caso porque su expediente dice de él algo poco frecuente en su oficio: que no se deja llevar por las apariencias, los indicios ni los apellidos de los implicados, y que solo atiende a los hechos.
Esa terquedad metódica será su única herramienta y también su mayor problema. Mientras él descarta la fuga imposible por la ventana y concluye que el asesino cruzó la casa —y que, por tanto, quien lo hizo estaba dentro o pudo entrar sin forzar nada—, la versión oficial avanza por otro camino. Fuentes anónimas de la investigación apuntan a grupos anarquistas, la prensa lo imprime, y esa misma noche una sede sindical arde en la Puerta del Sol. Cuando desaparece Daniel García, mayordomo y ayuda de cámara del ministro durante veinte años, y en su casa humilde del barrio de la Prosperidad aparecen recortes de periódico y folletos anarquistas, todos ven un culpable donde el comisario solo acepta ver un sospechoso. Sus superiores —el director general de Seguridad, el nuevo ministro, el propio Consejo de Ministros— exigen celeridad; la insistencia de Garcés en distinguir entre una pista y una condena empieza a sonar a insubordinación.
Alrededor del caso, la novela retrata con detalle documental el Madrid de Alfonso XIII: los tranvías atascados entre coches y carruajes, el metro recién inaugurado y ya tapizado de anuncios, el Plan Castro que separó a los barrios ricos de los pobres, la esperanza de vida de cuarenta y dos años. Garcés, criado en Cuatro Caminos, no puede dejar de medir la distancia entre los cuatrocientos metros cuadrados de la calle Fortuny y las chabolas que quedan a media hora en coche: una desigualdad para la que nunca ha recibido una respuesta convincente. En la antesala del despacho del director aparece además Rocío López, secretaria granadina, mujer intuitiva y buena lectora de personas, cuyo encuentro con el comisario abre una segunda línea en el relato.
Son dieciocho días de una investigación en la que cada avance obliga a preguntarse quién filtra, quién ordena y a quién beneficia que el crimen tenga la firma que ya se le ha puesto.
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