Un forastero sin planeta al que volver se entierra en la frontera americana del siglo XIX. Llewellyn, mestizo de dos linajes que su propia civilización considera imposible, es condenado al destierro y abandonado en la Irlanda de la…
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Un forastero sin planeta al que volver se entierra en la frontera americana del siglo XIX. Llewellyn, mestizo de dos linajes que su propia civilización considera imposible, es condenado al destierro y abandonado en la Irlanda de la hambruna de 1842. Cuando la muerte de su custodio le abre una grieta de libertad, se apodera de la nave que lo trajo, la oculta bajo el suelo de Texas y se rebautiza como Zebadiah L. MacDonald. A partir de ahí, la novela abandona el cielo y se queda en la tierra: trampas de piel en las Rocosas, caravanas de mercancía rumbo a Santa Fe, tabernas de tablones encalados, tribus, fuertes militares y una guerra civil que se acerca. Mari Collier construye un western de largo aliento donde el elemento fantástico no sirve de espectáculo, sino de lente: un hombre que vivirá mucho más que cualquiera de sus vecinos aprende, poco a poco, el oficio de pertenecer.
La primera escena no ocurre en el espacio, sino en un camino irlandés de 1842, entre gente hambrienta y furiosa. Allí muere un viajero de ojos de cobre y allí desaparece su sirviente, un joven altísimo llamado Llewellyn. Lo que los aldeanos toman por una fuga es en realidad el principio de una vida entera: Llewellyn no es un criado, es el Maca de Don, heredero de un continente en un planeta derrotado, y su condena al aislamiento se sostiene sobre el hecho incómodo de que existe alguien a quien la biología oficial de sus jueces declaraba imposible.
Libre por accidente y por cálculo, se hace con la nave que lo trajo y busca en la Tierra lo único que necesita: un escondite. Lo encuentra bajo la tierra seca del oeste de Texas, y el precio de ese refugio define el resto de la novela. Para conservar el suelo donde duerme su pasado tiene que convertirse en propietario, y para ser propietario tiene que volverse humano a fuerza de repetición: aprender a ganar dinero, a regatear, a callar, a beber lo justo, a soportar a los hombres que comparten el fuego. Zebadiah L. MacDonald nace de esa necesidad.
Su maestro es Herman Rolfe, trampero alemán de piernas arqueadas y lengua mezclada, que lo recluta tras una pelea de taberna y le enseña por partes iguales el mapa de las tribus, la aritmética de los porcentajes y la sospecha razonable hacia los bancos. La amistad entre ambos —uno que envejece, otro que apenas cambia— es la columna vertebral del libro. Juntos ven cerrarse la era de las pieles y abrirse la de los comerciantes: carretas hacia Santa Fe, suministros para los fuertes que brotan tras la guerra con México, pueblos que aparecen donde antes solo había arena y piedra.
La narración avanza por décadas y va cambiando de peso. A las rutas y los tratos se suman una casa, un apellido que arraiga, esposas, hijos, vecinos alemanes, una esquina de camino que termina llevando un nombre propio. Llegan también la enfermedad y el despojo, las tumbas nuevas, las incursiones, los comancheros, la frontera entre norte y sur partiendo en dos a las familias, y una hija, Margareatha, y un hijo, Lorenz, cuyas historias reclaman su propio espacio. El protagonista descubre que la fuerza descomunal que lo distingue apenas sirve contra lo que de verdad amenaza a los suyos, y que su ventaja más peligrosa —entrar en la mente ajena— falla precisamente con las personas que más le importan.
“Atado a la tierra” funciona, entonces, en dos registros simultáneos. Como western, es minucioso y físico: ropa, precios, salarios, distancias, el modo exacto en que se despelleja un oso o se descargan unas mulas. Como novela de ciencia ficción, es paciente y contenida: la nave enterrada no ofrece soluciones, solo una deuda y una espera. El título nombra la condena y también el hallazgo. Un exiliado que soñaba con volver a las estrellas para vengar a su madre termina descubriendo que lo que lo sujeta a este planeta no es la falta de conocimientos para pilotar, sino todo lo que fue construyendo mientras esperaba.
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