Antología de relatos de Patrick Whittaker, traducida al castellano y publicada bajo licencia Creative Commons, que reúne piezas donde lo insólito irrumpe en escenarios rigurosamente cotidianos: un jardín de las afueras, la casa de al lado,…
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Antología de relatos de Patrick Whittaker, traducida al castellano y publicada bajo licencia Creative Commons, que reúne piezas donde lo insólito irrumpe en escenarios rigurosamente cotidianos: un jardín de las afueras, la casa de al lado, el patio de un colegio. El volumen se abre con «Astronautas Muertos», ganador del premio al mejor relato de la British Fantasy Society, y avanza hacia registros más sombríos sin abandonar nunca la ironía ni la atención al detalle doméstico.
Hay una idea que recorre este libro de principio a fin: lo extraordinario no llega para deslumbrar a nadie, sino para complicarle el domingo. En «Astronautas Muertos», Ed y Mary Morgan descubren un cuerpo con traje espacial sobre el césped, y no es el primero: van siete. Lo que sigue no es una investigación ni una epopeya, sino una sucesión de trámites y fricciones vecinales. El señor Lacey se preocupa por el precio de las viviendas en la avenida Acacia; un funcionario de Saneamiento explica, folleto en mano, que el contenedor verde es para residuos orgánicos y que el traje debía ir en el amarillo; dos gemelas de siete años deletrean el apellido bordado en la manga y le pintan una sonrisa en el visor. Solo Mary se detiene a mirar la cara tras el cristal oscuro y a preguntarse qué fue de la pareja que recorría los Alpes en moto y prometía viajar a las estrellas. La respuesta que encuentra el relato es inesperadamente luminosa: la vigilancia con cámaras y detectores de movimiento que Ed monta en el cobertizo acaba devolviéndoles algo que creían perdido.
«09:03» cambia por completo la temperatura. El narrador apenas conoce a Charles Lawford, su vecino, más allá de las discusiones que atraviesan la pared desde que Jenny, la hija adolescente, desapareció. Invitado a la casa casi contra su voluntad, asiste a un ritual exacto: cada noche, a las nueve y tres minutos, Lawford descuelga el teléfono y conversa con una hija que dice estar en un lugar oscuro, ni frío ni caluroso, con una luz a lo lejos. La policía habla de llamadas fantasma; la aparición de un cuerpo en un pozo minero en desuso parece cerrar el caso. El relato, en cambio, guarda su golpe para el final, cuando el testigo escéptico se convierte en destinatario.
«Cabeza» abre una tercera vía, más áspera y satírica. Emily Green escribe en la pizarra de un aula vacía una sentencia sobre los hombres, discute con un colega sobre lo que otro colega ha dicho de ella y sale al patio a vigilar el recreo con un cigarrillo imaginario entre los labios y demasiado alcohol encima. Al otro lado de la valla, junto al viejo pabellón de críquet, un grupo de alumnos rodea una sombrerera que, según su dueño, muerde. La escena queda suspendida en el momento exacto en que la profesora exige que le entreguen la caja.
Whittaker trabaja con materiales reconocibles —la burocracia municipal, el duelo, la vida escolar— y los desplaza apenas lo justo para que el lector note el desnivel. El humor seco de la primera pieza y el silencio de la segunda no se contradicen: en ambas, lo fantástico funciona como un espejo puesto delante de personas que llevan años sin mirarse. El volumen incluye además una nota sobre el autor —novelista, guionista y director, residente en Blackpool— y los créditos de la traducción, difundida bajo licencia CC BY-NC-SA 4.0.