Una escritora en fuga y una anciana solitaria se convierten en vecinas en una aldea helada de Dalarna. Entre paseos, crepes y silencios, ambas empiezan a nombrar lo que llevan años callando.
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Una escritora en fuga y una anciana solitaria se convierten en vecinas en una aldea helada de Dalarna. Entre paseos, crepes y silencios, ambas empiezan a nombrar lo que llevan años callando.
Veronika llega de noche a una casa alquilada en lo alto de una colina de Vástra Sángeby, en el interior de Suecia, con el coche cargado de bolsas, libros y discos, y con un manuscrito que no avanza. Ha conducido desde Estocolmo en marzo, cuando el paisaje aún es una extensión blanca sin contornos, y se instala en habitaciones que todavía no la reconocen. La decisión de venir no fue tanto un plan como una sucesión de gestos casi involuntarios: una escapada sin destino, un intento de escribir el libro que creía tener terminado en la cabeza y que, sin embargo, deja la pantalla en blanco un día tras otro.
Al otro lado del prado se alza la única otra casa del camino: un edificio de madera de dos plantas, descolorido, con las ventanas convertidas en cuadrados negros. Allí vive Astrid, a quien en la tienda del pueblo llaman «la bruja» y describen como alguien que no soporta a la gente. Astrid ha organizado su existencia como una rutina de supervivencia sin futuro ni recuerdos admitidos: mantiene el pasado sumergido con un esfuerzo constante, se mueve a oscuras por una casa que conoce con el cuerpo y vigila desde detrás del cristal. La llegada de una desconocida introduce una ondulación mínima en esas aguas estancadas, y Astrid se descubre despierta, atenta a puertas que se abren, a música amortiguada, a pasos sobre la grava.
Durante semanas la relación se sostiene apenas en un saludo con la mano al pasar. Hasta que la casa de enfrente enmudece dos días y Astrid, sin decidirlo del todo, cruza el prado y llama a la puerta. Veronika está enferma, atrapada en sueños que la devuelven a una playa de la costa occidental de Nueva Zelanda: una ola inmensa, unas huellas que la marea borra, un hombre al que no logra alcanzar. Astrid enciende la cocina de leña, prepara crepes con mermelada de fresas silvestres, sirve té oscuro y dulce de un termo azul abollado y se marcha con una sola instrucción: que abra la ventana y grite si necesita algo, que estará pendiente.
A partir de ese gesto, y del termo que hay que devolver, empieza otra cosa. Un primer paseo compartido bajo un sol de primavera, entre anémonas azules y hojas ennegrecidas; una conversación que arranca con preguntas cortas y silencios largos; el paso de una acomodándose al de la otra. La novela avanza así, alternando las voces de las dos mujeres y dejando entrever, en un prólogo que enfrenta un verano sueco de 1942 con una playa neozelandesa de 2002, que cada una carga con una pérdida propia y con un duelo que aún no ha encontrado palabras.
Linda Olsson construye una historia de intimidad lenta, atenta al clima, a la luz que cambia de estación y a los objetos domésticos que sirven de puente cuando el lenguaje falla. El deshielo del río y el regreso de las aves migratorias acompañan el desarme progresivo de dos soledades que, sin proponérselo, se vuelven imprescindibles la una para la otra.