En «Asmera», Rubes Keitel sigue a Elena, una periodista recién licenciada que ha convertido un cuarto de estar con paredes de Pladur y un portátil siempre encendido en el centro de su vida.
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En «Asmera», Rubes Keitel sigue a Elena, una periodista recién licenciada que ha convertido un cuarto de estar con paredes de Pladur y un portátil siempre encendido en el centro de su vida. De noche, mientras su pareja duerme, escribe un blog anónimo donde deposita lo que no cabe en la redacción digital para la que trabaja: sus opiniones, sus miedos y, poco a poco, su intimidad y la de quienes la rodean. La novela examina con calma analítica el placer y el vértigo de exhibirse ante desconocidos, la identidad como reflejo devuelto por los otros y el momento en que contar la propia vida empieza a decidir cómo se vive.
Elena se levanta de madrugada, comprueba que Daniel sigue dormido y cruza el pasillo hasta la habitación que para ella no es un cuarto de estar sino un cuarto de vivir: allí trabaja, compra, se informa y, sobre todo, escribe. Desde hace casi dos años mantiene un blog anónimo en el que va desmontando lo que le ocurre, convencida al principio de que nombrar los problemas basta para desactivarlos. Lo que empezó como higiene privada se ha vuelto una costumbre difícil de nombrar y todavía más difícil de abandonar.
Periodista formada en Ciencias de la Información y empleada en Territorio Político —una redacción digital de estructura improvisada, jerarquías líquidas y sueldos por antigüedad—, Elena descubre pronto una asimetría incómoda: sus convicciones no interesan a nadie, pero sus anécdotas privadas sí. Cada verdad pública que quiere contar le exige entregar a cambio una prenda íntima. El pacto tácito con sus lectores invisibles funciona, el número de visitas crece, y con él la sensación de ser necesaria e influyente que su trabajo diurno le niega.
Alrededor de ese pulso central, la novela abre paréntesis que la ensanchan: Daniel, rebautizado como Fernando ante los lectores, un hombre de ternura involuntaria cuyo hermano menor no habla y a quien él aprendió a responder con las manos; Keith, el estadounidense corpulento de una fiesta en Barcelona que le enseñó cuánto la incomodaba desear lo que no admiraba; los perfiles de Facebook como álbumes cuidadosamente angulados; el envío masivo de currículums entendido como un enjambre de trayectorias imposibles de seguir una a una. En todos ellos late la misma pregunta: si la identidad es siempre una imagen construida por los demás, ¿qué queda de uno cuando se elige el ángulo del espejo?
La tensión se concentra cuando Elena publica una entrada sobre Carlos, el compañero cordial que se vuelve depredador en cuanto la empresa reparte méritos. La avalancha de respuestas —solidaridad, historias paralelas, consejos de sabotaje— le revela que ha abierto algo que no controla. A partir de ahí, el blog deja de registrar su vida para empezar a dictarla: observa, escucha y actúa pensando en lo que después podrá contar, oculta el navegador tras el procesador de textos y expone divorcios, enfermedades y rumores ajenos bajo pseudónimos que ella considera suficiente protección.
Escrita en una prosa de precisión fría, aficionada a la metáfora técnica —la esporulación, los telares perforados, las redes de influencias que todo lo contaminan—, «Asmera» es menos una historia de amor o de oficina que una anatomía del exhibicionismo doméstico en los primeros años de la vida en red. Su protagonista entiende perfectamente lo que hace y por qué; ese lucidez, lejos de frenarla, es justamente lo que vuelve inquietante cada paso siguiente.