En un banco del Upper West Side, una asistente editorial de veinticinco años acepta un helado de un hombre mayor de rizos color ceniza al que reconoce de inmediato: un escritor consagrado, cubierto de premios y de cicatrices.
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En un banco del Upper West Side, una asistente editorial de veinticinco años acepta un helado de un hombre mayor de rizos color ceniza al que reconoce de inmediato: un escritor consagrado, cubierto de premios y de cicatrices. De ese gesto casual nace una relación intermitente hecha de timbres ocultos en el teléfono, galletas de la pastelería del barrio, bourbon, partidos de béisbol y bolsas de libros que ella aún no ha leído. Una crónica íntima y seca sobre el deseo, la desigualdad y el aprendizaje de una voz propia.
Alice se aburre sentada sola en un parque de Manhattan, con un libro difícil sobre el regazo y la sospecha vaga de que ella misma podría escribir uno. Un domingo se le sienta al lado un hombre con un cucurucho del Mister Softee de la esquina. Tiene el pelo del color de la ceniza, una manera cortante de preguntar y una fama que ella reconoce antes de que diga su nombre. Tres domingos después hay un paseo pendiente, un número de teléfono anotado en un marcapáginas y una página perdida que a Alice ya no le importa recuperar.
Lo que sigue transcurre casi entero dentro de un apartamento luminoso con ventanas de doble altura: un vaso de agua tendido por la rendija de la puerta, un bolso abierto “por cuestiones de seguridad”, una cartera vieja que acaba en la papelera y otra nueva que llega en una caja con letras doradas. Él tiene tres operaciones de columna a la espalda, un centenar de rituales antes de dormir y un cuerpo recorrido de cicatrices cuya explicación despacha con un chiste. Ella tiene veinticinco años, un trabajo de asistente en una editorial, un piso sin aire acondicionado en un cuarto sin ascensor y una capacidad notable para imaginar qué puede resultar agradable y hacerlo.
La relación se organiza en un calendario de ausencias. Él se marcha a su casa del campo a terminar un borrador; ella espera, cuenta los días, aprende a beber bourbon con galletas de chocolate, cambia el asiento del inodoro, compra una tetera cuya asa quema. Entre medias suenan los Yankees y los Red Sox por la radio, un locutor sentimental se derrite por viejas canciones, las llamadas de su padre traen teorías conspirativas que ella nunca sabe cómo desmontar sin hacer daño, y las páginas de los libros que él le regala se van infiltrando en el relato hasta ocupar capítulos enteros: Twain, Genet, Camus mal pronunciado, un folleto clínico leído con la misma frialdad administrativa con que fue escrito.
El equilibrio de la historia es explícitamente desigual —edad, dinero, prestigio, salud, deseo— y la narración se niega tanto a denunciarlo como a endulzarlo. Prefiere mirar de cerca: las bromas repetidas que funcionan como contraseña, la ternura genuina que aparece cuando ella se encuentra mal, el momento en que él dice te quiero y a la mañana siguiente llama para explicar exactamente cuánto significa eso, la noche en que ella se sorprende midiendo con los codos el cráneo del hombre que tiene apoyado en el pecho y descubre en sí misma un impulso que no esperaba.
Escrita en escenas breves, diálogos casi todos de superficie y elipsis que dejan lo importante fuera del cuadro, es la historia de una educación sentimental y literaria a la vez: la de una lectora que empieza rodeada de libros ajenos, se deja amueblar la biblioteca por otro y, sin decirlo nunca en voz alta, va acumulando el material con el que algún día escribirá los suyos.