Marina Borensztein convierte su experiencia con el cáncer de mama en una guía práctica de autocuidado integral: alimentación, hábitos, meditación y trabajo interior para que sanar sea una decisión propia y cotidiana.
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Marina Borensztein convierte su experiencia con el cáncer de mama en una guía práctica de autocuidado integral: alimentación, hábitos, meditación y trabajo interior para que sanar sea una decisión propia y cotidiana.
Cinco años después del diagnóstico que partió su vida en dos, Marina Borensztein vuelve a escribir, pero esta vez no para narrar lo que le pasó sino para ordenar lo que aprendió. Si su libro anterior fue la crónica en tiempo real de una enfermedad y su tratamiento, este es la destilación de todo lo que vino después: años de lectura, consultas, pruebas y correcciones convertidos en un manual de uso diario.
El punto de partida es una convicción que la autora repite sin solemnidad: el médico cura, pero sanar es un trabajo personal e intransferible. A partir de ahí, el libro despliega un sistema completo y sorprendentemente concreto. Hay un capítulo médico a cargo de la Dra. Laura Nasi sobre por qué enfermamos; hay una lista de lo que la autora decidió dejar atrás —azúcar refinada, harinas blancas, lácteos, grasas animales, procesados— y otra, más larga, de lo que puso en su lugar: vegetales crudos, frutas, semillas, granos integrales, jugos verdes, una cocina reorganizada desde la despensa hasta la rutina semanal de compras y remojos. Hay recetas propias y ajenas, secretos de higiene y belleza, técnicas antiestrés, y un tramo final dedicado a la meditación, la respiración y la práctica espiritual que la autora describe como la pieza que le faltaba y que terminó siendo la más decisiva.
Lo que sostiene el conjunto es una voz reconocible: coloquial, autoirónica, argentina hasta en el modo de retarse a sí misma. Borensztein cuenta sus enojos —con el libro chino que le dijo que era rígida, con el médico que le habló de una misión sin explicarle cuál, con quien le anunció que debía cambiar toda su alimentación mientras ella comía papardelles con albóndigas— y los usa como prueba de que el cambio no exige convicción previa, solo disciplina y tiempo. También cuenta lo que le costó: los rayos, la hormonoterapia que la dejó gris y seis kilos más flaca, los ataques de pánico, la decisión de suspender el tratamiento preventivo y el miedo que vino después.
Hay un capítulo dirigido específicamente a quien está atravesando un diagnóstico de cáncer, con criterios para elegir médicos, armar un equipo propio y no aceptar pronósticos como sentencias. Pero el libro no está escrito solo para enfermos: buena parte de sus páginas apunta a quien todavía puede prevenir, a quien naturalizó dolores de cabeza, agotamiento y malestares crónicos como parte del paisaje. La autora insiste en escuchar las señales del cuerpo —al que llama templo— antes de que suba la voz.
El tono nunca es prescriptivo del todo. “No tengo la verdad, tengo mi verdad”, escribe, e invita al lector a construir su propia guía. Prologado por Oscar Martínez, su marido y testigo directo de todo el proceso, el libro se presenta menos como un método cerrado que como un archivo abierto de lo que a ella le funcionó, ofrecido con la urgencia de quien hubiera querido tenerlo antes.