En una guardia hospitalaria de madrugada, un médico residente atiende un parto imprevisto y descubre que el padre de la criatura es alguien de su infancia.
Descargar
En una guardia hospitalaria de madrugada, un médico residente atiende un parto imprevisto y descubre que el padre de la criatura es alguien de su infancia. A partir de ese reencuentro, la novela de Alejandro Gamen avanza por dos caminos que se rozan: la crónica realista de una amistad recuperada, con sus asados de sol otoñal y sus cajones que no deberían abrirse, y una fábula de bosque donde un niño rico y aburrido encuentra un amigo hecho de raíces. Entre ambos registros se filtra la sospecha de que algo importante fue olvidado a propósito.
Todo empieza con un despertar amargo. El narrador, residente en un hospital de urgencias sin obstetra de guardia, se levanta con la sensación de que su propia mente le está negando algo. Esa noche le toca una embarazada que llegó por descarte, un infartado que lo llama por su nombre, y una televisión que interrumpe su transmisión y deja pasar, entre estática y Brahms, la silueta de un hombre que parece hablarle solo a él. El parto sale bien. Lo que no sale bien es la certeza del narrador sobre su propio pasado.
El marido de la parturienta es León, un amigo de la infancia al que no veía hacía años y que, esa madrugada, hace todo lo posible por que otro médico atienda a su mujer. De ese cruce incómodo nace el resto del libro: las visitas a la casa de la esquina, el patio, los discos de jazz que el narrador regala, los cómics del As Enemigo que León guarda en bolsas plásticas como reliquias, el hijo pequeño que corre detrás de un autito, la conversación sobre mujeres que se parecen a soles amarillos, soles rojos o agujeros negros. Es una intimidad cálida y perfectamente creíble, y por eso resulta tan inquietante cuando un cajón trabado se abre de más y aparece un arma que nadie explica.
Intercalada con esa línea, corre otra historia, contada con la cadencia deliberada de un cuento infantil: Teo vive en una casa enorme cerca de un bosque, rodeado de la mujer que cocina, los hombres que limpian y unos padres que hacen sus cosas. Se escapa por una ventana siguiendo una canción y encuentra a Solly, un niño de piel verde y cabello de raíces que vive en un árbol seco más grande por dentro que por fuera, con una lámpara de vidrios rotos que encienden las luciérnagas y un pueblo de hormigas que solo hablan de la cosecha. La fábula tiene su propia lógica, su propio humor y su propio pantano; el lector va sintiendo, sin que nadie se lo diga, que no está ahí de adorno.
El índice mismo forma parte del relato. A los capítulos numerados hacia adelante se les cruzan otros de numeración negativa —una cura para la memoria, lo que pasó, una coda— y una serie de interludios que llevan al bosque, al submundo, al interior de la tierra, al tiempo pasado y a la corte de un rey. La cuenta salta un número por el camino, gesto coherente con un libro que se titula con una pérdida y que reparte títulos como Piezas faltantes, Materia oscura, Lo que escapa a la vista y La contrahistoria. La estructura no es un adorno formal: propone que la biografía de este hombre solo puede leerse yendo también hacia atrás.
Gamen escribe con un oído afinado para el habla rioplatense y para el agotamiento profesional: el café con borra al fondo de la taza, la aritmética de las horas que faltan, la empatía que se apaga cuando el cuerpo pide dormir. Sobre ese fondo doméstico deja caer, con mucha economía, los elementos que desacomodan —una transmisión que no debería existir, un viejo que aconseja no hurgar en las cabezas ajenas ni en la propia, una palidez repentina ante el recuerdo de unos cómics de naves espaciales—. El resultado es una novela de amistad y de memoria que trabaja con instrumentos de género fantástico y de misterio sin abandonar nunca la escala de lo íntimo, y que confía en el lector para sostener las dos historias en la mano hasta que se toquen.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.