Reunión de estampas humorísticas firmadas por la Baronesa Alberta y publicada por José Janés en 1953, «Así es la vida» convierte la rutina doméstica y urbana en materia de observación: el marido perdido en una tienda buscando regalo, el…
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Reunión de estampas humorísticas firmadas por la Baronesa Alberta y publicada por José Janés en 1953, «Así es la vida» convierte la rutina doméstica y urbana en materia de observación: el marido perdido en una tienda buscando regalo, el desfile de operarios que se declaran incompetentes por especialidad, el mercado a cinco grados bajo cero, el vagón de segunda clase donde todo es cortesía provinciana. Sin tesis ni moraleja solemne, cada capítulo aísla una escena menor y la sostiene el tiempo justo para que se revele su comicidad.
«Así es la vida» reúne una serie de piezas breves en las que la Baronesa Alberta —firma consolidada en las páginas de «La Codorniz»— aplica al detalle cotidiano una atención que en otros autores se reservaría a los grandes asuntos. La declaración de principios está en el arranque: la existencia no la gobiernan las pasiones ni el destino adverso, sino soplos de brisa favorable y piedrecillas con las que se tropieza una y otra vez. De esas piedrecillas trata el libro.
El repertorio es deliberadamente menor y sorprendentemente amplio. Un hombre entra en una tienda a comprar un regalo y sale, inevitablemente, con un carísimo estuche de manicura que nadie usará jamás: de ahí sale una teoría sobre la inutilidad como prueba de afecto. Una casa cerrada durante el veraneo devuelve al regreso goteras, persianas anquilosadas y un tendedero roto que desencadena una peregrinación por albañiles, plomistas y herreros, todos ellos demasiado especialistas para una chapuza —hasta la conclusión de que a la humanidad le falta el oficio de «echar una mano». Un cocktail en honor de un humorista célebre se apaga en la decepción cuando el homenajeado se niega a regalar chistes, con un argumento que él considera irrebatible: los pintores no obsequian acuarelas ni los zapateros zapatos.
Otras piezas se detienen en el mercado, transcrito casi como partitura de pregones, con su vendedora de repollo y su anciana que despacha estreptomicina casera «a cien duros el gramo»; en el arte de la conversación de salón, donde el que sabe algo es un pelmazo y el tema del servicio doméstico resucita gracias a su propia extinción europea; en la desaparición de la voluntad como moneda callejera, tratada con vocabulario de crisis financiera; en el viaje en segunda clase, ese paraíso intermedio de la merluza rebozada, los cuñados difuntos y los noviazgos formales; en las criadas que confunden recados telefónicos y hacen esperar en la puerta a un profesor suizo; y en la sospecha, desarrollada en un balneario, de que la simpatía complaciente pierde siempre frente al magnetismo del antipático. Una pieza le propone a Tennessee Williams invertir su título más famoso —«El deseo llamado tranvía»— porque en un mundo que solo tiene prisa nadie dispone de tiempo para ser morboso ni poeta.
El índice anunciado en la presentación promete todavía más terrenos: la caza, la quiromancia, la maternidad, las modas femeninas, el psicoanálisis, las traducciones del francés, el tecnicolor. El procedimiento no cambia: partir de una situación que cualquiera reconoce, describirla con precisión de cronista y dejar que el absurdo asome sin subrayados. El resultado es un retrato de costumbres de la España de mediados de siglo que funciona a la vez como comedia de observación y como documento de una época y sus rituales.