En «Así es como te odio», C.R. Narváez sigue a Vladimir Walsh, heredero de un imperio familiar que vende antigüedades griegas de día y armas, venenos y pociones de dudosa procedencia por debajo de la mesa.
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En «Así es como te odio», C.R. Narváez sigue a Vladimir Walsh, heredero de un imperio familiar que vende antigüedades griegas de día y armas, venenos y pociones de dudosa procedencia por debajo de la mesa. Seis meses después de la muerte de Juno Cruz —el chico que mintió, sedujo y desordenó la vida de todos los que lo rodearon—, Vlad decide narrar en voz alta las etapas por las que se cruza del amor al odio. El resultado es una novela juvenil que alterna la crónica de un negocio criminal disfrazado de mitología con un ensayo íntimo, capítulo a capítulo, sobre cómo se rompe un vínculo.
Todo empieza con una Navidad que no es del todo una Navidad. En una cabaña de campamento, Vladimir Walsh y su hermana Aixa celebran Christoúgenna sin sus padres, hasta que una llamada convierte la nostalgia en encargo: hay que recoger un paquete en Minnesota, tratarlo con cuidado y no hacer preguntas. Lo que sigue —una emboscada entre bombas de humo, descargas eléctricas y pistolas cargadas con pociones de amor— revela desde la primera página el tono de la novela: el crimen organizado narrado con la utilería de un campamento mitológico, donde los grupos llevan nombres de dioses y las armas se fabrican en la cabaña de Afrodita.
Seis meses después, la fachada ya no disimula nada. Los Walsh son, de cara al público, una familia adinerada con un museo dedicado a la mitología griega; en privado, intercambian ambrosía, égidas, hachas de doble filo y «soluciones tóxicas» por dinero. Vlad es cocapitán de los Hefestos y quien hace el trabajo sucio de un padre que solo aparece para exigir puntualidad y advertir sobre las consecuencias, y de una madre que administra reuniones y dosis para no envejecer. Es también un joven que despierta en un motel sin recordar la noche anterior, que amenaza a proveedores por reflejo y que empieza a mover fichas contra una familia rival usando a las personas que más lo quieren.
Alrededor suyo se ordena un reparto que nunca es solo lo que aparenta: Aixa, la hermana adoptada el mismo día de su cumpleaños, luminosa y más frágil de lo que admite; Kaz, la relación no resuelta que Vlad no sabe si quiere proteger o utilizar; Aidan, el ex incómodo que reaparece coqueteando y amenazando en la misma frase; y Ciara, mejor amiga de Aixa y heredera impaciente de otro negocio, dispuesta a reclutar donde no debería. Sobre todos ellos flota Juno Cruz, el chico que se lanzó desde el techo de una escuela y cuyas mentiras siguen ordenando el presente de quienes lo sobrevivieron.
La arquitectura del libro es su apuesta más clara. Cada capítulo lleva por título una etapa —te enamoraste, te obsesionaste, la cagaste, lloraste, aprendiste, cambiaste— y se abre con una reflexión en primera persona sobre esa fase, escrita como quien piensa en voz alta y sin pretensión filosófica: el amor que llena un hueco, la llamada que se vuelve control, el mensaje que se vuelve acoso, el punto en que ya no hay vuelta atrás. Después, la trama retoma su curso y muestra lo mismo en acción. Ese contrapunto entre teoría y práctica es lo que convierte una novela de negocios turbios, fiestas y venganzas en una disección del rencor.
Con una voz coloquial, diálogos rápidos y un narrador que se sabe antipático, C.R. Narváez construye una historia de lealtades familiares torcidas, deseo sin etiquetas y herencias que pesan más de lo que valen. Su pregunta de fondo no es quién ganó la última pelea, sino cuántas decisiones pequeñas hacen falta para llegar a decir, con toda la calma del mundo: así es como te odio.
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